Soltar

(Por Laura López)


Temblaba desde la noche anterior; incluso, el médico del club había insistido en reiteradas oportunidades con controlarle la temperatura y evaluar la posibilidad de sacarlo de la lista.


Pero no, estaba bien: sólo era una reacción normal de su cuerpo que entendía a la perfección que no se trataba de un partido más.


En el vestuario casi ni se escuchó su voz, algo extraño en ese grupo en el que su palabra era tan esperada como respetada.


El ritual de la previa fue en cámara lenta: tan naturalizado estaba en su cabeza que no había advertido ciertos detalles sobre aquella pequeña, oscura y a la vez colorida habitación. Estampitas y otras cábalas, cartas de amor, fotos de hijos, de esposas, de padres y, por qué no, de alguna amante.


Los ruidosos de siempre se gastaban entre sí y hablaban fuerte para disimular los nervios; los demás guardaban sus energías para lo que estaba por venir.


El Negro se puso la camiseta, la 9, y se quedó un buen rato mirándose en el pequeño espejo que tenía colgado en su casillero, ése que le había regalado el amor de su vida: "Te amo papá", decía junto a un corazón.


Sonrió por dentro y volteó para volver a respirar ese vestuario una vez más: la última.


Sintió cómo las miradas lo esquivaban, era difícil decir algo en ese momento. Juntó sus palmas instintivamente y alcanzó a balbucear un "vamos, vamos" para incentivar la arenga final.


El túnel también se sentía raro, distinto, especial. Pero su mente ya no estaba allí, se había transportado hacia un pasado no tan lejano, lleno de glorias, alegrías inexplicables y gritos de gol. Una palmada en la espalda le devolvió la reacción y se sintió el mismo de siempre.


El de los 20, que sólo quería salir a ganar, sin importar el cómo; el de los 25, que había aprendido a cuidarse sus propias espaldas, a pesar de que el fútbol es un deporte en equipo; el de los 30, que entendía que ya no podría ser el mismo sin la ayuda de los demás; el de los 35, que lo había preparado para ser quien era hoy. Aunque, en el fondo, nunca iba a estar preparado.


Dio pasos lentos y pesados y levantó suavemente su mirada para contemplar la belleza del espectáculo por última vez. El sol le pegaba de frente, tuvo que colocarse la mano por encima de sus ojos para buscarla a ella.


Los rivales se acercaron a saludarlo, uno a uno; los más jóvenes con un apretón de manos, los más grandes con un abrazo sincero sintiéndose, quizás, en sus zapatos.


La hinchada comenzó a corear su nombre, el Negro alzó las manos hacia ese cielo que tantas veces sintió haber tocado y se persignó.


Desde la platea escuchó la vocesita que tanto estaba esperando; fijó la vista, sonrió y sintió que no podía pedirle más nada a la vida.


Allí estaba siendo él, el referente, el capitán, el que no podían dejar de marcar. Si la tocaba en el área, era gol. Ése era su "súper poder", el que había usado a lo largo de su carrera sin titubear.


La incertidumbre, el miedo a lo desconocido, la sensación de soledad, dieron paso a ese inexplicable sentimiento que sólo quienes vistieron y defendieron una camiseta saben describir.


Hubo gol, claro. Hubo dedicatoria en la remera debajo de la camiseta, también. Hubo alegría y tristeza, aplausos y lágrimas. Sintió paz.


Lo había dado todo y había recibido todo también. Y ahora se despedía de ese pibe de barrio con hambre de gloria, para darle lugar a ese hombre que le tocaba aprender a ser.

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