Sin palabras

(Por Laura López)



Siento que esta historia ya la conté una y mil veces. Que la viví en esta y otras vidas. ¿Fue real? Suelo preguntarme si no habrá sido un sueño. Tenerlo ahí, tan cerca, casi tocarlo y no saber qué hacer. Quince minutos antes había pasado algo mágico y, está bien, estaba acostumbrada a verlo en la tele. Pero no, no era lo mismo.

Él entendía todo, sabía dónde tenía que estar y cuándo. No corría toda la cancha, ¿para qué? Aparecía como una bocanada de aire fresco y quizás su error era estar en otra velocidad, tiempo y espacio.

Yo particularmente no necesitaba ninguna muestra de su talento, pero fue imposible contener las lágrimas al verlo. Llorar no es de débiles, pero me hice frágil ante su presencia y debo reconocerlo. Con el maquillaje corrido, temblando de los nervios, corrí a buscar un buen lugar para tenerlo lo más cerca posible; ser chiquita siempre me ayudó en esos intentos. 

Conseguí la mejor ubicación de todas, la mejor. Estaba parada justo en el mismo punto que elegirían para él, sólo que del otro lado. Imaginé mil situaciones para llamar su atención; todas las preguntas que le haría si tuviera la oportunidad de hacerlo. Ser imprudente para distraerlo o mantenerme políticamente correcta: todas las estrategias recorrieron mi mente en esos largos minutos de espera.


Había colegas ansiosos y otros no tanto, o tratando de disimularlo. Y yo ahí paradita como había imaginado en más de una oportunidad. De "gala" con mi saco negro y mis zapatos altos. No me pregunten por qué, pero para mí, ir a la cancha merece el mejor atuendo.


De golpe el revuelo y lo inevitable, lo que todos esperábamos, ÉL. Llegó con su tranquilidad habitual (qué algunos pueden confundir con desgano) y se situó frente a mí, sí, justo ahí. Por supuesto que ese maravilloso instante entre "nosotros" sólo duró una milésima de segundo. Decenas de periodistas, cámaras, trípodes, camarógrafos y algún que otro "colado" se atropellaron contra mi humanidad dejándome prácticamente sin respiración.

No logré decirle nada, aunque puedo jurar que con su mirada alcanzó a darme una chance, como entendiendo mi sufrimiento. No hubo estrategia ni reacción, sólo un momento.


Me alcanzaba con haber existido en su misma época, pero verlo ahí, tan "real", fue más de lo que hubiese podido pedir.


Su partida me permitió volver a respirar y, cuando todos se alejaron, me di cuenta de que me habían roto un zapato. Tuve que caminar hasta el estacionamiento rengueando y con el taco en la mano, como un trofeo de guerra.


Imaginándome, por qué no, que un día podría contarle esta historia o alguna otra. O simplemente hablarle, no sé, como si fuese un ser humano.


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