Presagio azul

Por Analía Doña Carvajal


No pegué un ojo en toda la noche. Mi cabeza se la pasó maquinando. Soñé tantas veces este momento que no puedo creer estar viviéndolo por fin. Miro de reojo y el reloj de pared marca las 9 en punto. No quiero dejar nada al azar. Cada uno de los rituales que año tras año repetí en momentos especiales tiene que salir hoy a la perfección. No puede faltar nada: la camiseta azul de mi papá está lista para ponérmela debajo de la del 2015 que usó el Flaco Imperiale, esa con la que la rompió toda ante el Lobo el día que le ganamos 4 a 2. Las zapatillas sucias, ya bastante rotosas, con las que cumplí la promesa del 2017 cuando nos salvamos del descenso, ya tienen canela en la plantilla.


Hirvió el agua para el café. Me lo preparo para desayunar y voy a abrir la ducha. Desde el baño escucho un estruendo. La taza está destrozada en el piso. Las ventanas están cerradas. Llueve. “Hasta la vista, baby”, dice un meme malísimo que manda mi amigo el Cacho para advertirme que hoy la suerte estará de su lado y no del mío.


Con el toallón a la cintura escucho el audio del Pepe. Está de la cabeza y ya tiene todo listo. El trapo que pintamos en la semana está en su casa, así que me cambio y voy para allá. Picaremos algo que nos preparará la Lily y arrancaremos con la previa para encontrarnos con los pibes en el kiosco de la Lucy, ahí por la Arístides, a un par de cuadras del Gargantini.


Estoy sin un mango así que el Poncho se tendrá que poner la 10 una vez más… como siempre, ¡bah! La pegó con un laburo y desde entonces nos hace el aguante cada vez que juega la Lepra. Tiene el corazón más grande que el bolsillo el chabón. Las horas no se me pasan más. Recién son las 11 y el pitazo inicial está previsto para las 16. Con un empate estamos hechos.


Solo Dios sabe cómo hicimos para ganar en la ida. Por ese penal de los 39 del segundo tiempo todavía estoy un poco afónico… y ya pasaron 4 días. La pelota entró pidiendo permiso por debajo del cuerpo del arquero, que atinó al palo pero voló como si fuera Superman. Acá no rige eso del gol de visitante ni de la diferencia de gol. La historia es clara: con el empate, ascendemos; si perdemos, vamos a penales.


No me pasa ni media rodaja de salame. Tengo un nudo en la garganta y otro en el estómago. Solo me faltan tres rituales por cumplir: pisar el primer escalón de la tribuna con el pie derecho; besar la estampita del Cura Brochero 5 minutos antes del partido y pedirle a mi hermano que está allá arriba que haga un esfuerzo, que se lo charle al Barba, que mande un ángel, que empodere los botines del 9 y los guantes del 1.


Lo extraño todos los días desde aquel maldito 3 de abril, pero cuando juega la Lepra su ausencia se siente más. Nos llevamos 2 años y casi no tengo recuerdos sin él. Se nos fue hace poco más de un año por un infarto inesperado. Era pibe todavía, pero se ve que amaba con locura y su corazón no lo soportó. Le decimos el Peque y era más fanático que yo. No tengo dudas de que hoy está pendiente de todo, esté donde esté.


Llegamos en el Renault 12 del Pepe. Estacionamos en el mismo lugar de siempre, por la Colón antes de Belgrano, como para caminar unas cuadras hasta lo de la Lucy ya metiéndonos en clima, tomar unas Quilmes y entrar a La Catedral.


“Azul hasta los huevos”, dice el trapo que pintamos esta semana. Era la frase cabecera del Peque. Soñó tanto con el ascenso que estoy seguro de que este año hizo todo lo que estaba a su alcance

para que se nos diera. Elijo creer.


El tiempo no se me pasa más. Los nervios me carcomen. Es como si fueran tomando poco a poco cada parte de mi cuerpo, desde las extremidades hasta el pecho. Casi no puedo respirar. Se me nubla la vista, me pasan imágenes de campeonatos anteriores, goles que grité con el alma y atajadas que tengo tatuadas en la memoria.


Los fantasmas quieren entrometerse y adueñarse de mis pensamientos pero cierro los ojos con fuerza y sacudo la cabeza para alejarlos. Hoy nada de eso puede pasar. Es nuestro día, el día.


Faltan cinco para que empiece el partido. Los jugadores ya están en el campo; hoy, de azul, como ese jueves de 2007 ante Brown de Madryn. Solo espero no tener que sufrir tanto como aquella tarde.


Al Curita Brochero ya le prometí que si ascendemos voy a ir a Córdoba para agradecerle. El Peque ya sabe lo que tiene que hacer. Respiro profundo, cierro los ojos y me entrego a la magia de la pelota.


Van 10 minutos, los 10 minutos más largos de mi vida, y no pasa naranja. La redonda salta en el campo de juego como si tuviera un conejo adentro. Para los de ellos y para los nuestros, quema. No damos más de dos pases seguidos y todavía no pateamos al arco. Estoy más nervioso que tartamudo pidiendo fiado. Vuelve a llover. Como para que, si tiene que ser, sea épica. Nosotros saltamos y saltamos para no sentir nada. Ya ni sé si las piernas que están debajo de mi cintura son mías. Veo el partido de a ratos. La Lepra ataca para el arco de la popular Norte. Allá a lo lejos, entre los gotones que caen del cielo, a lo Argentina - Perú del 2010, se ve que un remate de larga distancia pasa rozando el palo izquierdo del arquero. Fue la única del primer tiempo.


Con el 0 a 0 estamos hechos, pero no sé si mi corazón está capacitado para aguantar otros 45 minutos así. Necesito imperiosamente que, aunque más no sea con un choclazo, la pelota se entierre en la red para que mi garganta desahogue tanta ansiedad acumulada. No doy más.


Vuelven los jugadores al verde. Siguió lloviendo fuerte durante el entretiempo así que la pelota va a rodar poco y nada.


Van 7 del segundo tiempo cuando por primera vez siento la mano divina del Peque, o de Dios,

del Curita, de mi papá o de vaya a saber qué Santo leproso que está intercediendo por ahí.

Contra de Independiente. Entre chapuzones, el 3 de ellos se pasó de rosca y levantó por los

aires al más rapidito nuestro, cual Krupoviesa al Rolfi. Innecesario para ellos. Completamente

necesario para mi bienestar. El árbitro no dudó, pitó, le mostró la roja y nos dio un tiro libre

hermoso para la zurda sagrada del mejor del torneo.


Llegó silbando bajito allá por agosto del año pasado. Nadie daba dos mangos por él porque venía de una temporada horrible en Sportivo Belgrano pero el técnico nuestro lo conocía de Santamarina y confiaba en lo que le podía dar.


Le costó ganarse a la gente porque las quería hacer todas solo pero no salió de los 11 nunca. La pelota parada es su especialidad y a fuerza de goles se empezó a meter en los corazones azules. Es bastante morfón pero ya nadie se acuerda de eso porque cuando hay un tiro libre cerca del área, los arqueros empiezan a transpirar.


Y ahí estaba otra vez midiendo el ángulo y acariciándose el botín izquierdo verde que tantas satisfacciones le ha dado. No está fácil para que entre directamente pero el agua puede molestar al arquero, pienso.


No escuché el silbato. No vi por dónde entró la pelota; solo sentí un empujón en la espalda y un grito cerrado y ensordecedor.


Cuando pude enfocar la mirada estaban todos ahí, uno encima del otro, cerquita del banderín del córner, llenos de barro. Al pie de esa montaña humana de titulares y suplentes se alcanzaba a ver un botín verde fluorescente. La había clavado el hijo de puta. Y yo no alcancé ni a gritarlo. Estaba ido. Me quedé mudo ante el que podía ser el gol más importante de los últimos años en la historia de la Lepra.


Los próximos cuarenta y pico me la pasé suplicando que terminara el partido. Sufrimos un poco pero creo que fue más por mi exageración que por aproximaciones del rival. En los últimos cinco vi peligrosos hasta a los laterales en su campo. Ya no llovía pero la cancha estaba hecha un desastre. El sol no salió nunca

pero, cada tanto, un rayo sin mucha vehemencia se asomó para encandilarme.


Es difícil describir con palabras lo que sentí cuando el árbitro dio por finalizado ese tormento. Me imagino que debe de ser algo parecido a lo que sienten las madres al dar a luz o lo que les pasa a los estudiantes cuando rinden la última materia. Nunca viví algo igual. Una especie de alivio en la espalda mezclado con dolor de pecho, falta de aire, ganas de llorar y carcajadas imposibles de controlar. Me abracé con cuanto loco se me cruzó por enfrente. El Pepe lloraba sin parar y el Poncho parecía moribundo. Pensé que le iba a dar un bobazo.


Poco a poco otra vez se me fueron desvaneciendo las imágenes. Otro rayo entre las nubes prácticamente me encegueció. Sentí calor en las tripas...


Suena el despertador. Me despierto exaltado. Son las 9. Miro para ambos lados, es mi habitación y estoy solo. ¡Es hoy! A las 11 nos juntamos en lo del Pepe para salir en caravana y llegar con tiempo al templo.


Se me cae la taza del café. Se ve la lluvia por la ventana de la cocina. Prendo la tele para despejar mi cabeza. La primera imagen es Terminator. Me pellizco, esta vez no es un sueño. Cierro los ojos y pido al cielo que este presagio se haga realidad.