Por un Príncipe

(Por Analía Cuccia Baildal)


Podría contar mil historias sobre mi época de hincha. Tenía asistencia perfecta, cada año, cuando se disputaban las Copas de Verano en Mendoza. El hotel Aconcagua era el lugar de la cita en el que pasé mañanas, siestas y tardes, aguardando y siguiendo cada movimiento de mi equipo. Era una fiel cazadora de fotos, autógrafos y unas cuantas sonrisas.


De aquellas experiencias, la de 1995 fue la que más me marcó. Tenía 17 años. Llegué antes de las 19 esa tarde, hora en que según el cronograma, el plantel debía arribar luego de cumplir con su entrenamiento. Esperé más de 40 minutos. La ansiedad me comía por dentro. Tenía que entrar, costara lo que costara. Cómo eludir al guardia era la cuestión.


Estaba difícil. Algo debía inventar. Y le dije:


- Buenas tardes. Estoy buscando a mi tío. Es periodista de Télam, y me dijo que lo esperara aquí. Pero hace rato que estoy y no sé si se encuentra dentro.

- Bueno, pasá y fijate. No puedo ayudarte porque tengo que quedarme hasta que lleguen los jugadores.

- Disculpe, qué jugadores (haciéndome la que ignoraba la situación)

- De River.

- ¡Ahh! Gracias.


"¡Matanga dijo la changa!", pensé, y en dos pasos dejé a la multitud atrás y entré al hotel.

Una vez adentro, los nervios comenzaron a invadirme. Me comí las pocas uñas que tenía. Me senté en uno de los sillones del lugar, me paré, subí al restaurante que estaba en el primer piso, bajé nuevamente. Los minutos no pasaban y mi pulso se aceleraba más y más. Hasta que vi el micro llegar. Los gritos de los fanáticos parados afuera viendo el desfile de jugadores, y sus cánticos, casi me paralizaron.


Abracé mi mochila como si llevara un millón de dólares, por la emoción. Aunque lo que tenía dentro, valía más que eso para mí. No por mi cámara nueva a rollo, ni mis documentos, ni los pocos centavos que tenía. Era por mi camiseta.


Los primeros en ingresar al recinto fueron Sodero y el "Mono" Burgos. Les siguieron Cedrés, Berti, Hernán Díaz, Ayala, y los juveniles sensación: el "Muñeco" y Ortega. Y después él... Enzo Francescoli, quien pasó fugazmente sin poder yo cruzar palabras. Fue frustrante.


Tras ellos vi venir a otros dos, juveniles también. No los conocía. Jugaban en la Reserva y el técnico los había sumado a la delegación para darles minutos de juego con la Primera. Los había promovido, eran Pablo Lavallén y Matías Jesús Almeyda.


Lavallén tenía cara de seriote. Pero Almeyda, todo lo contrario. Y a él le apunté.


Le pregunté si podía conseguirme un autógrafo del Enzo. Le di mi camiseta con todo el miedo de perder mi tesoro. Era la casaca del '86 con el león de Caloi en el costado derecho, con la que, al mando del Bambino Veira, River logró el título 1985-86, la primera Copa Libertadores de la historia del Millonario y, ni más ni menos, que la única Intercontinental en tierras japonesas.


Y mientras que él aceptaba con un "bueno dale" y me sostenía la mirada, le pegó el tironcito a la casaca ante mi involuntaria resistencia. "Me baño y te la hago firmar", me dijo después.


Pasaron 15 minutos solamente y -para mi tranquilidad- bajó con mi camiseta en mano, disculpándose por no haberla podido hacer firmar por todos. Supuse lo peor, que el Príncipe no estaba entre esos autógrafos. Por suerte


me equivoqué. La extendí y vi de puño y letra un: "Para Analía, con afecto, Enzo Francescoli". Y un poco más arriba un simple "Matías" en la banda roja.


De lo contenta y agradecida que estaba le di un beso a Matías en la mejilla. Me quedé charlando con él hora y media. Hablamos de la cantera y de sus sueños. Esos que años después lo vería cumplir.

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