Mi pedacito de historia

(Por Analía Doña Carvajal)


El 10 de octubre de 2009, ése de la lluvia intensa, del gol de Martín y del piletazo del Diego en el Monumental, quedará en la memoria de millones de argentinos por siempre. También en la mía, claro, pero no por lo que salió en los diarios ni porque se me cortara la luz justo en el gol de Perú -como a muchos-, sino porque aquella noche, fue la última en la que ÉL jugó con la camiseta de la Selección argentina. Con la 15 en la espalda, casi 10 años después de su debut en la mayor, volvió a pisar el césped de su casa, seguramente a sabiendas de que sería la última vez que lo haría como jugador del seleccionado. 

Yo no lo sabía. Pero lo intuía. Por eso, después de que el Diego lo citó marcando su retorno oficial a la Selección tras un par de años de ausencia, moví cielo y tierra para estar ahí, en un rinconcito de la que también es mi casa, la cancha de River. No podía faltar. Y los planetas, el destino y mi padre que me da unas cuantas manos desde el cielo, lo hicieron posible. Un recordado profe de las Juveniles viajó a San Juan y pasó por la radio en la que yo trabajaba. Tras la entrevista, me quedé con su número de teléfono y cuando Maradona me dio la gran noticia, puse la cara más dura que tenía y le llamé. - Profe, ¿me puede conseguir una entrada? Me dijo que sí y fue entonces cuando empecé a organizar el viaje de más de 1.100 kilómetros que me haría la mujer más feliz de la Tierra. El corazón me latió fuerte durante varios días. Un amigo de esos que me dio el fútbol me hospedó en su mini departamento sin colchones, sin mesa y sin sillas. Quedaba en San Miguel, que si me preguntás hoy, sigo sin saber dónde es. Mi pase a la felicidad, esa entrada que el profe guardó para mí, me esperaba en el predio de Ezeiza. Sí, de alguna manera tenía que ir de San Miguel hasta allá sin un mango y en poco tiempo. Mi amigo el busca se transformó en mi ángel de la guarda por un rato y logró que un conocido suyo me llevara y me trajera de Ezeiza, 60 km de ida y 60 de vuelta... ¡en moto y por $50! Cuando volvimos no podía ni bajarme. No sentía las piernas, me temblaban como si hubiese hecho 5 horas seguidas de ejercicio. Pero las entradas estaban en mi mano. Sí, ¡encima eran dos! Ahora solo me faltaba ir al Monumental. Pero desde San Miguel y de noche... Mi amigo, que no podía ir para hacerme el aguante, otra vez se calzó las alitas de ángel y enganchó a un don nadie con auto que, a cambio de la entrada gratarola para ver a la Selección de Maradona, me llevó, me cuidó y me trajo. La Centenario, detrás del alambre de púa odioso que ponían para los visitantes -acuérdese que estamos hablando de más de una década atrás- fue mi platea preferencial para verlo trotar por última vez. Pablo Aimar fue titular. De las más de 70 mil almas que estábamos esa noche en el Monumental jugándonos la clasificación al Mundial de Sudáfrica, el 99 por ciento debe haber estado pendiente del Diego y de Lionel, que también jugó desde el arranque. Yo y el o la dueña de un trapo que colgaba de una de las plateas y que decía: "Payaso, gracias por volver", debemos haber sido los únicos que estábamos pendientes del otro 10, mi 10, mi favorito de toda la vida. 


Tenía 12 años cuando Pablo Aimar me hizo descubrir lo bueno del fútbol. Fue él el que me sacó las mejores sonrisas por una gambeta y el que me hizo llorar cuando se fue al Valencia. Por él grabé unos cuantos VHS de entrevistas, jugadas y goles; y llené 11 diskettes con fotos. Del partido no me acuerdo mucho pero tuve la dicha de ver los dos goles argentinos en el arco que más cerca tenía. Con mi metro cincuenta y pico, me las ingenié para seguir a Aimar con la mirada a donde iba.



Después de un primer tiempo denso, a los dos minutos del segundo, el Payaso hizo de las suyas. Eso por lo que yo había viajado más de 1.000 kilómetros y acumulado varias mini aventuras para contarles a mis nietos. Con su derecha, metió un pase milimétrico entrelíneas para un Higuaín que hacía sus primeros pasos en la Selección. El Pipita no falló y marcó el 1 a 0. Yo ya estaba hecha. Pensaba que nada más emocionante, insólito, loco y aventurero podía pasarme hasta que, a poco del final del partido, el cielo se rompió en mil pedazos para darle lugar a un diluvio como el que nunca viví en mi vida.


Con mi jean empapado y una camperita de seda con capucha (última moda en el 2009, ojo al piojo) empecé a temblar de frío. Subimos un par de escalones, nos amuchamos entre los hinchas para darnos algo de calor y "resguardarnos" del agua que caía y te pegaba en la espalda como si te estuvieran azotando en la Edad Media. Con mis manos mojadas me "secaba" los ojos para intentar ver algo del juego... juego que a esa altura estaba totalmente desvirtuado, claro. Temía por la suspensión del partido. Rogaba que terminara. No sé cuántos minutos iban (después me enteré que 44 del segundo tiempo) cuando el estadio se enmudeció. Es difícil explicar con palabras el silencio que se oyó en el Monumental. Silencio que fue tal, que allá a lo lejos, en el otro arco, como a una cuadra de distancia de donde yo estaba, permitió que se escuchara el grito de gol de los jugadores peruanos. Por unos segundos, mientras esa lluvia infernal caía, los argentinos vimos cómo la clasificación a Sudáfrica se nos escapaba entre los dedos. Nos sentimos morir.


Cerré los ojos por un rato. Un rato que para mí fue eterno. Quería desmayarme. Esa satisfacción que había sentido por la habilitación de Aimar para el gol de Higuaín se había transformado de repente en una desazón profunda. Mi corazón no soportaría ver llorar a Aimar otra vez, como tras la eliminación de Argentina en el Mundial de Japón. Mi corazón no se había preparado para ver fracasar al Diego conmigo en la cancha. No. El viaje de mi vida no podía terminar de esa manera. Algo más tenía que pasar... Y pasó. Un buen rato antes, Maradona había mandado al campo al as de espadas. Sí, ese Martín Palermo que tiene un dios aparte y que aparece cuando nadie lo espera. Ese de las cosas raras, de las historias increíbles y de los finales impensados. Ése que me hizo sufrir más de una vez y que aprendí a respetar - y hasta querer un poco- a fuerza de goles. Y fue él el que metió mano en la historia y que, después de una jugada de metegol que empezó en un corner y que parecía no tener fin, empujó la pelota cerquita del arco, justito en mi línea recta, para hacer delirar a todo el Monumental. Lo vi sacarse la camiseta y celebrar con los brazos abiertos mirando al cielo. Me perdí el panzazo del Diego al borde del banco de suplentes.

Como nunca antes - y como nunca más- la cancha de River entera coreó "Palermo, Palermo". Ni siquiera sé si se jugaron algunos segundos más del partido. Como pudimos, en medio del amontonamiento, del agua y de abrazos de desconocidos, salimos de la cancha con mi acompañante sin nombre. De la mano corrimos entre la gente para no perdernos, hasta que a unas cuantas cuadras del Vespucio Liberti encontramos el auto azul destartalado que nos había llevado para vivir el partido más épico de nuestras vidas. La vuelta a San Miguel fue lenta y sin parabrisas pero nada podía haber salido mejor. A San Juan volví en colectivo al día siguiente, con las zapatillas húmedas puestas y la ropa mojada en una bolsa de supermercado. Todavía sueño con aquella noche en la que me perdí el cumple de una de mis mejores amigas pero fui testigo de un pedacito de historia. Historia que para la mayoría quedará en la vida que Palermo le regaló a la Selección de Maradona, pero que para mí va mucho más allá.


Ni en mis sueños hubiese imaginado un cierre como éste para una historia de amor, pasión, dolor y alegrías que empezó allá por el 96, en la previa del Mundial sub 17 de Egipto y que, en gran medida y sin saberlo, me trajo hasta aquí, hasta ser una Futbolírica.

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