La vuelta a casa

(Por Laura López)


Durante varios años creí que esa mujer estaba loca; con el paso del tiempo la fui aceptando y, más tarde, entendiendo.


Convengamos en que no era la típica madre cálida y cariñosa que te hacía superar una crisis adolescente con chocolate y abrazos.


Ni siquiera su trabajo era "normal": los fines de semana no había chances de encontrarla en algún evento familiar, aunque dudo que los disfrutara tampoco.


No es que no la quisiera, pero ese delirio inexplicable por el fútbol sinceramente me hacía dudarlo. Tengo mis motivos para haber llevado mis sentimientos de hija a un extremo que rozaba el odio: siendo yo muy chica, llegó a asegurar que su equipo era tan o más importante que su propia familia. Como para no tener un trauma.


De a poco me fui contagiando de su locura. No estaba tan enamorada de aquella pasión, pero veía allí la oportunidad de que pasáramos más tiempo juntas.


Me acostumbré a la adrenalina dominguera: tenía ese "no sé qué" eso de sufrir a propósito por un grupo de desconocidos. Además, amaba ver cómo ella sentía que aquel era su lugar seguro en el mundo.


Me explicaba las reglas, me nombraba jugadores de todos los tiempos (y pobre de mí si no recordaba quién era "ése"), repasábamos juntas partidos históricos y discutíamos por jugadas en las que yo nunca terminaba teniendo la razón.


Y estaba la cancha, claro que sí. No siempre, porque ese también era su espacio y había que respetarlo, pero cada vez que me tocó estar a su lado, disfruté compartir aquel ritual sagrado.


Verla ahora ahí, sentada, casi sin poder hablar, dimensionó la importancia de aquellos momentos únicos entre nosotras. Era jodida la vieja y ahora, irónicamente, extrañaba eso.


Pensé que la iba a tener más tiempo (como si de alguna forma se pudiera "tener" a las personas). Que mis hijos iban a disfrutarla: una abuela así no se presume todos los días.


Pero las cosas casi nunca salen como esperamos y eso le da valor a lo que antes hicimos sin pensar. A pesar de que le buscamos la vuelta al partido, no hubo jugada de último minuto que pudiera salvarlo.


Esa tarde, como todas las tardes, me senté a su lado para rememorar aquellas historias tragicómicas de cancha entre madre e hija. Improvisé, también, alguno de esos relatos de pelota que ella solía contarme cuando era niña para que pudiera dormir.


La tomé de la mano, le acaricié lo que había sido un hermoso cabello e intenté reconocer algún gesto suyo en aquel rostro perdido.


Ya casi sin esperanzas, con esa resignación de los minutos finales en los que sabés que no hay forma de dar vuelta el marcador, tuve un último impulso: con la voz entrecortada, canté esa estrofa futbolera que no falla en ninguna cancha.


No sé si lo sentí, si lo imaginé o si realmente pasó: como si fuera un domingo cualquiera, como si aún estuviéramos intentando respirar debajo de algún trapo o sonriéndole al cielo bajo una intensa lluvia de papelitos de colores, se unió al grito de la hinchada.


Nos quedamos un buen rato observando el espectáculo. El juego había terminado, pero seguíamos esperando algo, o simplemente haciendo tiempo.



Antes de que apagaran las luces del estadio, tuve que soltarle la mano.


Al dolor no hay una sola manera de expresarlo y yo prefiero creer que se fue a casa envuelta en una bandera, quizás hasta puteando. Que el partido no fue justo, pero que valió la pena jugarlo.


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