La venganza de mi hija

(Por Heber Javier Pacini, hincha de Boca)


Los hechos y personajes de esta historia son reales. Cualquier similitud con la realidad no es pura coincidencia. A la protagonista de esta historia la conocí hace exactamente 16 años. Ella es mi amiga, mi compañera, la madre de mi hijo, la que hoy vive conmigo y, además, es mi hija.


No se asusten, si bien esta historia es sumamente perversa, lo de hija lo digo en sentido figurado, porque cuando nos enfrentamos en cualquier juego, siempre pierde.


Para que nos conozcan un poco, ambos somos sumamente competitivos y no admitimos la derrota. El bilardismo es nuestra forma de vida y perder nos pone de muy mal humor.


Ella encontró en mí a su verdugo. Soy “esa Alemania” que como argentinos no queremos encontrarnos en ningún torneo. Cruzarse conmigo es su desafío insuperable, como lo es para México avanzar a los octavos de final de un mundial.


Soy su karma, ya sea en el metegol o en el tejo, en el ping pong, el básquet o hasta en el truco; también en juegos del mundo virtual como Mortal Kombat, FIFA o el PES. El resultado para ella siempre es el mismo, la derrota.


Y no les voy a mentir, me gusta que sea así. Disfruto y aprovecho de mi suerte. Cuando hay una tarea del hogar que no estoy dispuesto realizar hago los siguiente: la desafío a un “piedra, papel o tijera”.


El fuego en su mirada se enciende automáticamente ante un nuevo reto, acepta la contienda sin pensar, con la ilusión de que esta vez la suerte va estar de su lado. Y sí, como imaginan ustedes, el resultado es 3 a 0 mi favor... y como hace 16 años, veo en su cara odio, tristeza y resignación.


Sin embargo, el suceso que estoy aquí para contarles es una isla en toda esta historia, y data de los tiempos en que Mourinho dirigía a Real Madrid. Aún no convivíamos, éramos dos jóvenes dando los primeros pasos en el amor.


Pasó un domingo 17 de agosto. Ella llegó a mi casa y me entregó mi consola de videojuegos portátil después de un mes de tenerla en su poder. Me la devolvió aduciendo no haberla usado nunca.



Para que ustedes entren en contexto, mi novia llegó a las doce en punto, trajo helado con mis sabores preferidos para el postre, almorzamos arroz con pollo y después de un cafecito, propuso salir a pasear. Caminamos agarrados de la mano y, al llegar a una plaza, sacó de su cartera una bolsa con alpiste para darle de comer a las palomas. Luego fuimos a los columpios, reímos y jugamos. Éramos dos enamorados disfrutando de una tarde maravillosa.



Como ya se hacían las seis de la tarde y jugaba Boca, como buenos futboleros, apresuramos el regreso. Pero antes de llegar, ella resignó ver la salida de nuestro equipo al campo de juego para ir a comprar facturas, algo que realmente me sorprendió.



Para cerrar una jornada perfecta propuse jugar a la Play y, una vez más, aceptó sin titubear.

Como buen caballero que soy, el primer juego que puse fue su predilecto, Mortal Kombat. Aunque las batallas fueron parejas, gané todos los enfrentamientos, con fatality incluida.



Luego ella, haciéndose la frustrada, con voz inocente, preguntó:

- ¿Y si jugamos al FIFA?
- Ok, juguemos. Respondí.

Fuimos a "Modo amistoso". Ella eligió a su querido Real Madrid. Yo seleccioné al Celtic Glasgow, equipo de una liga menor como la escocesa, ya saben, para que no se me hiciera tan fácil la victoria... o al menos eso pensé.




Elegimos las camisetas. Ella saltó a la cancha con la titular del Merengue y yo con la clásica blanca con líneas verdes. Luego pasamos a "Configurar" la formación inicial y, para mi sorpresa, ella no dejó todo como viene por defecto sino que cambió la formación por completo y pasó de un 4-3-3 a un 4-4-2. Puso a Di María por la izquierda y a Özil por la derecha; para la saga central defensiva eligió a Pepe y a Sergio Ramos. Adelante, Cristiano Ronaldo y Benzema.



No voy a mentirles, no conocía ni a un jugador del Celtic. Era la primera vez que lo elegía y puse a los jugadores que más puntaje tenían según el puesto.



Arrancó el partido.



La pelota estaba en mi poder pero, a diferencia de otras oportunidades, ella se defendió como los mejores equipos del entrenador portugués y no me permitió llegar con claridad al área rival. Durante dos minutos me sentí confundido, pensando en que solo estaba en mis días malos.



De golpe, ella logró hilvanar dos pases seguidos. Posicionó a Di María por la izquierda y apenas superó mitad de cancha, sacó un zapatazo elevado, cruzado en dirección a mi área y de pronto, lo impensado…



El balón cayó justo en los pies de Benzema. No me dio tiempo a reaccionar y sacó un fusil con destino a la red. Fue un silencio de micro-segundos, esos que se sienten eternos. En ese preciso momento, “mi hija”, como toda una experta, hizo una combinación de botones con el joystick para que sus jugadores realizaran un festejo burlesco que fue acompañado de un desaforado grito de gol.



A partir de ese momento comprendí que no importaría cuánto tuviese la pelota en mi poder; con el mando en sus manos, esta mujer había logrado que Pepe y Ramos fueran impenetrables. Yo podía monopolizar el balón, pero era ella quien controlaba el juego.



En una jugada espejo al primer gol, pero esta vez del lado derecho de su ataque, fue Özil el del zapatazo en diagonal y Cristiano el verdugo de turno. Otra vez me tocó tolerar ese desencajado festejo. Su sonrisa canchera, sabiéndose superior, era un puñal a mi ego.


Esto ya era personal, solo tenía que remontar un 0-2. No sería la primera vez (eso fue lo que pensé). Pero voy a ser sincero: su destreza en el juego después del segundo cachetazo ya era evidente. No me dio tiempo a reaccionar. Otra vez esa maldita pelota elevada y CR7 que terminaba de matar mi moral. 0-3 abajo. Goleada.



Ya nada fue igual, no sirvió el cambio de táctica en el entretiempo; apenas comenzada la segunda mitad vino su cuarto tanto y se agudizó mi angustia. El encuentro se volvió repetitivo. Llegó el quinto y tuve que conformarme con el consuelo de tontos: el gol del honor.

En los últimos segundos de ese maldito partido sentí un terrible pánico escénico. Uno de los momentos más dramáticos de mi vida.



Sonó el silbato del árbitro y mi peor pesadilla se hizo realidad. Ella estrelló el joystick contra el piso de la habitación y luego me dedicó gestos dignos del peor de los barrabravas en la popular mofándose de su histórico rival.



- ¡Tomá! ¡Tomá! ¡Tomá!, repitió una y otra vez acompañando sus gritos con movimientos pélvicos.

Y después de su desahogo, confesó:


- Estuve un mes entero jugando con la consola portátil al FIFA hasta las 4 de la mañana.

Y ahí entendí todo, nada fue al azar. Planeó a la perfección su venganza cuidando cada mínimo detalle y yo caí como el más bobo de todos. No supe ver que esos gestos amorosos inusuales en ella como el helado, las facturas para la media tarde y hasta el alpiste para las palomas, solo fueron herramientas que ella usó para que terminemos jugando a los videojuegos.



Repasé cada momento y entendí que esas ojeras no eran por el estudio, como ella decía. Comprendí que sus evasivas para salir los fines de semana eran porque necesitaba entrenar y preparar el partido “más importante de su vida”.



Su plan fue ganarme de visitante, en mi propia casa y en mi juego favorito. Mi “hija” obtuvo su venganza y ya no importó que siguiera engrosando el historial entre nosotros.



El día que perdí el invicto es para mí esa mancha que no se borra nunca más. Y ella.. ella no se cansará de recordármelo.

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