La mufa

(Por Laura López)


Lo había soñado durante toda mi vida adulta (tenía 20 años, saquen la cuenta). Después de aquellas épicas noches de paravalancha en los torneos de verano, me sentía lista para dar "el gran paso": era hora de convertirme en una HINCHA con todas las de la ley.


No tardé demasiado en armar la pequeña mochila, que llené de camisetas, banderas, papelitos y cábalas. Saqué pasaje de ida y me subí al bondi, despidiéndome de aquel puñado de amigos que intentaba comprender mi locura.


Mi debut en el Monumental no fue al azar: era contra Boca, por Copa Libertadores, por un pase a la final. La fiesta estaba garantizada, no cabía ninguna duda.


Conseguí entrada para la Belgrano, pero la "banda" de Haedo (que arrastraba del verano) me pidió un excitante favor a cambio de vivir el partido desde la Centenario. Obviamente, acepté ayudar a ingresar pirotecnia. Hubiese sido una ofensa propia no hacerlo.


Pésima forma de debutar. Todos recuerdan lo que pasó esa noche. Creí, hasta unos años después, que había sido el peor día de mi vida. Así que decidí, como cualquier hincha profesional hubiese hecho, viajar hasta Córdoba para ver cómo, en el Kempes y ante Talleres, nos quedábamos con el Clausura.

Los dos goles del chileno Salas no alcanzaron y el festejo se postergó una vez más. Saliendo del estadio, ya rumbo a la Terminal, volví a cruzarme con aquellas caras conocidas con las que había compartido más de una cervecita en las veraniegas tardes de Mendoza.


Esas miradas fulminantes fueron suficiente para hacerme entender el mensaje implícito.

Pasó una semana y llegó la definición del torneo contra Atlético Rafaela, en Núñez. Por supuesto que el River del Negro Astrada salió campeón; y por supuesto que vi el gol de Gallardo, la premiación y los festejos con la Coca y las papitas, muy cómoda desde mi sillón.


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