La final eterna

(Por Laura López)


No era un sábado más en el polideportivo municipal del pueblo casi olvidado Los Alerces. Las pibas jugaban la final y todos estaban presentes. Y cuando digo todos, me refiero a todos.


Los dueños de los negocios pusieron el cartelito de "enseguida vuelvo" y cerraron las puertas (algunas sin llave) hasta nuevo aviso.


Un grupo de mujeres se encargó de hacer y repartir la "utilería" necesaria para ambas hinchadas: banderas, banderines, papelitos y cornetas, el combo obligado para esa otoñal tarde futbolera.


Las otras mujeres se ocuparon de una tarea no menor: desparramar el chisme. Quien no estuviera allí presente, quedaría automáticamente excluido de las charlas vecinales por las próximas dos semanas, por lo menos.


Los hombres aprovecharon para juntarse a despuntar el vicio; algunos, incluso, comieron un asadito antes del gran evento. Los niños, sin padres a la vista, hicieron lo que cualquiera de nosotros hubiese hecho: ser niños.


Era tan seria la cuestión, que hasta el director de la radio del pueblo había decidido transmitir en vivo y en directo.


El cura, personaje infaltable, ofreció sus servicios como juez del encuentro. Pero era tan serio todo, que el intendente consiguió (y pagó de su bolsillo) un verdadero árbitro con oficio en las ligas de ascenso.


Las Sin Nombre eran sin dudas la revelación de aquel torneo de seis equipos. Se habían armado a último momento luego de escuchar a Las Panteras presumir sobre sus cuatro títulos anteriores. No les sobraba nada más que orgullo propio.


Las Panteras, de negro, intimidaban a cualquiera. En el fondo eran las preferidas; entrenaban, tenían DT, indumentaria oficial y hasta sponsor en la camiseta (el kiosco de Doña Pelusa), pero viste que uno tiende a hinchar por el más débil, ¿no? Además, había hazaña de por medio.


Algunos presentes armaron su propia "casa de apuestas" y aportaron lo que al ganador podría alcanzarle para un par de cervezas (que, obviamente, terminaría compartiendo).


- ¡¿Qué pasa que no arranca, viejo?! - gritó desde las gradas uno de los apostadores. El árbitro se hizo el que no escuchaba mientras buscaba señal para enviar un mensaje de texto.


Rápidamente empezó a esparcirse el rumor de lo que estaba ocurriendo. El colegiado, famoso en la zona por su tendencia a usar la roja directa, había olvidado en su casa las tarjetas. Y estaba a dos pueblos de distancia.


El DT de Las Panteras, con toda la pilcha (incluso una escarapela), ordenó a sus chicas en grupos y comenzó a indicarles tareas de calentamiento para pasar la espera.


Presenciando la escena, las Sin Nombre cruzaron miradas e intentaron repetir las acciones con estiramientos poco convencionales y hasta chistosos para los que miraban desde afuera.


Pero la verdad es que nadie las estaba viendo. El árbitro, joven y buen mozo (diría mi abuela), era el protagonista excluyente. Como si estuvieran atravesando los minutos finales de un Ñuls-Central, los presentes comenzaron a gritarle desde las gradas. No había maldad en aquellos "insultos", más bien eran graciosos. Pero, tras más de media hora de retraso, la situación comenzó a desbordarse.


Marcela, la dueña de la librería, se echó un pique hasta el negocio y, con cartulina de colores, improvisó las tarjetas.


El avergonzado árbitro dio el visto bueno y, una hora después del horario estipulado, quedó todo listo para dar comienzo al encuentro.


Los equipos se acomodaron para el sorteo, pero Juancho (fotógrafo y encargado de la zapatería del pueblo) les pidió que posaran para la foto. Ahora sí, estaba todo listo.


Con el pitazo del juez, el balón comenzó a rodar de una pantera a la otra, pasando por entre las Sin Nombre, que sólo atinaban a gritar: "¡Marcá a la 10!", "¡Qué no se te escape!", o incluso: "¿Falta mucho?".


No habían transcurrido ni cinco minutos del primer tiempo cuando el perro de Ana, la capitana de las de negro, se metió en el campo de juego para hacerle marca personal. Nueva detención para tratar de quitar al entusiasta animal del medio.


- ¡Mamá! - gritó Ana, buscando la complicidad de su madre en las gradas. Pero la mujer estaba muy entretenida con los chismes de última hora, mate de por medio.


Chocotorta (así se llamaba el can) creía que estaba jugando con él y ladraba orgulloso de ser el centro de atención. Ana seguía roja de la vergüenza.


Unos quince minutos pasaron hasta que el hermanito de Ana, que jugaba la pelota en un costado con sus compañeros de la escuela, se dio cuenta de la situación y la resolvió con un simple palito.


Estaba todo listo para retomar las acciones pero a Sergio (panadero por la mañana y profe por la tarde) se le trabó el cronómetro y hubo que arrancar de cero.


- ¡Papelón! - se escuchó fuerte. Las chicas, que hasta ahora no habían podido ser protagonistas, comenzaron a mostrarse algo molestas.


Nuevo pitazo y la 10 de Las Panteras clavó un tremendo bombazo que le pasó por al lado a la arquera rival, que no alcanzó a pestañear. Ahora sí había empezado lo bueno.


Pero qué, las Sin Nombre (camiseta amarilla, short de cualquier color) no quisieron quedarse atrás y comenzaron a dar muestras de su talento, repartiendo a diestra y siniestra y coleccionando tarjetas (en este caso, cartulinas).


Para colmo, la 3 de Las Panteras tuvo la pésima idea de habilitar a su delantera con un delicioso caño por entre las piernas de la rubia que se suponía debía marcarla y que no tardó en reaccionar propinándole una terrible patada en las canillas que la dejó comiendo tierra.


Un sector de la tribuna intentó persuadir al árbitro como si fuera un torero a punto de dar una estocada. Pero no, claro que no. Pitazo, roja y revuelo.


Griterío en el campo de juego, discusión entre el DT y la hinchada, padres enfurecidos y la 3 llorando de dolor.


Por supuesto que no había ambulancia, así que la madre de la defensora ingresó al campo de juego con su auto abriéndose paso a puro bocinazo.


En Las Panteras no había tanto problema; tenían banco como para armar otro equipo. Pero las Sin Nombre, con la expulsión de la rubia, perdían una pieza clave y seguían abajo 1-0.


Calmadas las acciones, con el DT advertido y la hinchada recuperando su lugar en las gradas, el partido retomó su curso, aunque ahora se asemejaba más a una guerra.


Primera vez en toda la tarde que pudieron jugar más de 20 minutos de corrido. Se acercaba el final del primer tiempo y todo sucedía en el medio; las áreas permanecían infranqueables.


Pero un error insólito de la arquera de Las Panteras, que nunca se equivocaba, dejó a la 9 rival en posición inmejorable para igualar la cuenta. Los nervios de la delantera hicieron que la pelota diera el palo en el primer intento, pero la suerte se mantuvo de su lado y en el rebote la mandó a guardar.


¡Lo que se festejó ese gol, por favor! Para agregarle emoción al histórico momento, el juez marcó el final de la primera etapa y los equipos se fueron al descanso con las repercusiones del 1 a 1 a flor de piel.


Iba a ser un desenlace épico, pero con tantas demoras empezó a hacerse de noche y, como si esto fuera poco, se largó a llover.


El árbitro, que tenía dos horas de viaje hasta su casa, no dio demasiadas vueltas y declaró "postergada" la final.


El DT siguió discutiendo con todo el que se le cruzó por delante; algunos padres pusieron el grito en el cielo, pero en general la mayoría se dispersó rápidamente.


Las Panteras se fueron adentro para seguir entrenando y las Sin Nombre quedaron un rato tiradas en el suelo, embarradas, con sabor a hazaña.


Los días pasaron y no hubo forma de llegar a un acuerdo sobre la posible fecha para terminar el juego y coronar a las nuevas campeonas.


El título quedaba momentáneamente vacante, aunque el rumor en el pueblo era que las Sin Nombre merecían el trofeo y eso no le causaba ninguna gracia a Las Panteras, que creían haber hecho todo el esfuerzo.


El asunto comenzó a olvidarse, nuevas historias ocuparon la "cartelera" vecinal y, con eso de tener a Lorenzo en el certamen de canto que salía en la tele, ya nadie en el pueblo recordaba la final. Nadie, excepto ellas.


Casi dos meses después de aquella accidentada e incompleta definición, Ana llamó a Daniela para contarle que las Sin Nombre estaban entrenando en el baldío enfrente de su casa. El grupo se armó rápidamente y Las Panteras se aparecieron sin avisar.


- ¿Y éstas? - le dijo la rubia a su arquera, en tono burlesco.

- Venimos a terminar lo que empezamos - dijo la capitana con el balón debajo del brazo. - Salvo que... -.

- ¿Salvo que qué? - respondió la rubia acercándose para intimidar.

- Que tengan miedo - contestó Ana, que ya tenía a su rival a menos de un cuerpo de distancia.

- Acá estoy - dijo el DT, que llegó corriendo, se sacó la campera y se colgó un silbato en el cuello.


Nadie se animó a decir que no: en menos de diez minutos quedó todo dispuesto para, finalmente, dar cierre al partido eterno.


El marco era totalmente distinto: no había hinchada ni banderas; el DT, vestido de "entrecasa", pasó a oficiar de árbitro y las Sin Nombre tuvieron que jugar con pecheras.


No había transmisión, no estaba el cura y el equipo ganador no recibiría trofeo. Pero, a esa altura, era mucho más lo que estaba en juego.


Una leve llovizna le agregó sabor a un encuentro que tuvo más emociones que el River-Boca en Madrid. Para arrancar, las Sin Nombre (que ya a esta altura estaban más agrandadas) armaron una linda jugada que terminó rápidamente en el área rival. El remate, un poco débil, no fue problema para la arquera, pero el aviso preocupaba. Las Panteras no alcanzaron a cruzar la mitad de la cancha cuando las 5 de las amarillas recuperó la pelota, habilitó a una de las defensoras que venía corriendo como Usain Bolt y le sirvió el gol de cabeza. Sorpresa en el estadio (que, recordemos, era un baldío).


Ahora las que estaban desencajadas eran Las Panteras; no podían aceptar el descaro con el que sus rivales habían salido a enfrentarlas.


La 1 de las Sin Nombre, vestida de rojo, armó a los gritos una nueva defensa con, al menos, seis de sus jugadoras más altas.


El dominio del conjunto negro se hizo inevitable. Probaron por arriba, por abajo, por izquierda, por derecha, con un bombazo e incluso una vistosa chilena. Nada.


La desesperación comenzó a jugar su propio partido. Adelantadas en el marcador, pero metidas bien atrás en la cancha, las Sin Nombre no daban más. La 6 despejó con el alma y, con el viento a favor, la pelota cayó en el área opuesta. La arquera, que esperaba bastante alejada de su arco, comenzó a retroceder sin darse cuenta que la 3 amarilla se le venía encima a toda velocidad. La pelota picó cerca de la línea y, tras un choque confuso de jugadoras con intenciones opuestas, rozó en una de ellas y terminó cruzando la línea para darle a las Sin Nombre el inesperado 3-1.


Se festejó más que el primero, más que el segundo, más que el del Diego a los ingleses. Pero aún faltaban 20 minutos y ahora el que jugaba su partido era el estado físico.


Las amarillas ganaban, pero lejos estaban de tener el dominio del encuentro. Y un zapatazo rival estilo Premier League las dejó regulando y con un solo gol a favor, a falta de 15 minutos.


La lluvia comenzó a hacerse más intensa y por alguna cabeza pasó la idea de suspender otra vez. Pero no, había que terminar sea como fuera.


El árbitro-DT, hasta el momento bastante justo en sus decisiones, aprovechaba las pelotas paradas para dar indicaciones. Estaba más cansado que los dos equipos juntos de tanto correr, gritar, pitar y todo al mismo tiempo.


Las Panteras repitieron la fórmula y buscaron el empate desde afuera del área; la pelota rozó el poste mientras la arquera la miraba de reojo.


Pero el esfuerzo dio lógica recompensa (aunque todos los futboleros sabemos que eso no siempre pasa) y el tercero, el del empate, terminó llegando tras un córner, de cabeza.


El festejo fue medido; había que guardar fuerzas para los cinco minutos restantes.


Caídas estrepitosas en medio de los gigantes charcos de agua, caras embarradas, algo de sangre en las rodillas: la final seguía siendo de película. De haber sido televisada, la veríamos en el famoso especial futbolero que todos esperamos cada fin de año.


Se jugaron varios minutos más, pero ya era evidente la falta de fuerzas. El árbitro-DT se llevó el silbato a la boca y, dando su último esfuerzo, pitó el final del encuentro.


¿Penales? Se preguntaron todas. Era lógico, ¿tanto revuelo para seguir empatadas eternamente?




La verdad es que a esa altura ya ni se veían los colores de las camisetas. A todas les dolía en el alma no poder terminar aquella proeza pero en el fondo también sabían cuál era la decisión más acertada.


Hicieron lo imposible para levantarse, se limpiaron las manos en la ropa embarrada para saludar a la rival casi dignamente e incluso se felicitaron entre ellas.


El campeonato del año siguiente lo ganaron Las Panteras, de punta a punta. El equipo Sin Nombre quedó desmembrado y no estuvo ni cerca de repetir la hazaña.


Sin embargo, aquella final épica se convirtió en leyenda para los habitantes de Los Alerces y es una de las historias favoritas que las abuelas les cuentan a sus nietas.


Incluso, en el bar que hay en la entrada de aquel pueblo casi olvidado, lucen gloriosas dos embarradas camisetas: una amarilla y una negra.


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