Infiltrados

(Por Laura López)


Noche de verano, viaje a Buenos Aires y entradas "de arriba" para ver algún partido, el que sea. Argentinos- Racing fue el elegido por el día, la hora y el cariño que le fui ganando a la gente del Bicho en el último tiempo.


Suelo ser bastante corajuda para moverme en los distintos estadios, no importa si los conozco o si voy por primera vez. Pero la noche veraniega daba para acompañar el 'fulbo' con una cervecita, así que le hablé a un viejo amigo para que fuera conmigo: detalle no menor, hincha él de "La Acadé".


Nos encontramos a mitad de camino y llegamos juntos a La Paternal con tiempo de sobra para ponernos al día y tomar algo. El ambiente familiar nos hizo olvidar que no sabíamos muy bien a dónde estábamos.


Canchereé un poco por tener algo de experiencia en el DAM, pero no me di cuenta que esta vez no me habían dado entradas para estar sentaditos en la platea. Dato no calculado, por eso el look de siempre: de "gala" y con zapatos altos, muy altos.


Se fue acercando la hora y comenzó la aventura de encontrar la entrada; nunca voy a entender cómo hacen - en general - para que sea una tarea tan difícil de resolver. "Puertas 1 y 2", leímos. Ahora el tiempo apremiaba y no teníamos ni la menor idea de a dónde teníamos que ir.


Nos fueron guiando y dimos una vuelta que pareció eterna (algo que, en mi siguiente visita, me volvió a pasar).


El clima era de fiesta y nos sentimos contagiados por la aventura que, sin dudas, se transformaría en anécdota.


Finalmente pudimos entrar y, para sorpresa (mía, mi amigo la disimuló con envidiable entereza), no estábamos en la platea.


Pasó de amigo a "guardián" casi instintivamente, más que nada por mi vestimenta (totalmente desubicada), porque se imaginarán que no era mi primera vez en una popular.


Pero su situación era incluso más bizarra que la mía: intentar disimular el fanatismo durante 90 minutos no es para cualquiera.


Nos acomodamos donde encontramos un hueco y enseguida nos hicieron cómplices con un puñado de papelitos para cada uno, para el recibimiento.


Por supuesto que hicimos todo al pie de la letra, entre divertidos y emocionados (confieso que sigo sintiendo "cosquillas" en la panza cada vez que voy a la cancha) y nos convertimos, por un rato, en hinchas del Bicho.


Era un buen momento del local en el campeonato, estaba peleando con los de arriba; había mucha gente y un gran ambiente.


No pasaron ni cinco minutos para que llegara el gol de "los nuestros". Lo gritamos, nos abrazamos y me reí por dentro, pensando en la infelicidad de mi pobre amigo, que debía estar odiándome profundamente.


El partido se complicó, se hizo más parejo. Los insultos tribuneros me remontaron a mis épocas de popular, a ese sentimiento que después fui transformando, pero que nunca desapareció.


La pifia de Batallini y el "¡lo hiciste a propósito!" me dejaron en evidencia. No pude contener la carcajada imaginándome al habilidoso futbolista intentando pegarle mal a la pelota.


El esperado entretiempo llegó para descansar un poco las piernas (los años no vienen solos) y hacer un breve análisis futbolero. Mi amigo estaba atrapado en medio de una insólita situación, pero sentí que no la estaba pasando tan mal.


Con el segundo tiempo en marcha pasó lo que se preveía que iba a pasar: gol de ellos. Se me congeló el cuerpo de sólo pensar en mi amigo gritándolo con todas sus fuerzas, agarrándose "ahí" y desafiándolos a todos con la mirada con un "¡para ustedes!" y alguna puteada complementaria. Piñadera, ambulancia, policía; todo eso pasó por mi cabeza hasta que me animé a voltear para verlo.


Su instinto de supervivencia fue más fuerte que cualquier otro sentimiento y sólo atinó a agarrarse la cabeza, darse vuelta y decir:


-Qué gol de mierda. Y eso fue todo.


Empatamos (y sí, ya éramos parte del grupete). Nos fuimos caminando con la gente y nos despedimos con un abrazo de gol y una sonrisa cómplice, de esas que duran para siempre.

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