En una baldosa

(Por Analía Cuccia Baidal)


Corría el año 1999... sí, van a pensar que era el siglo pasado pero a mi favor puedo decirles que recorro las canchas de Mendoza desde 1996, cuando apenas era una purreta.  


Fue en la temporada 99/2000 de la B Nacional cuando mi inocencia quedó desorbitando. Ocurrió en un partido del Tomba, en el clásico cuyano contra San Martín de San Juan. El elenco bodeguero ganó aquella tarde por 6-1 en el Feliciano Gambarte, y el poder hablar con los protagonistas no solo sería una experiencia inolvidable sino que se transformó en un recuerdo ahora imborrable.  


En aquellos años, era la única mujer entre tantos varones cubriendo partidos de fútbol, y éste era otro de los tantos duelos que un periodista del medio local no se quería perder.  Al finalizar el partido, todo el grupo de periodistas mendocinos y sanjuaninos nos reencontramos en la puerta del vestuario local, ese sector donde los jugadores se cierran a su intimidad.  


Allí estábamos, a la espera de que la puerta se abriera. No existía ese espacio determinado en el que los periodistas aguardan por un testimonio de los futbolistas, llamado zona compartida.  Los colegas, armados con un grabador de bolsillo que llevaba en su corazón un casette, esperaban amontonados. 

Y ahí estaba yo también, aguardando que aquella puerta se abriera, preparada para comenzar a disparar las primeras consultas con mi grabador en mano. 


Pero lo que sucedió después (se lo atribuyo a la alegría del momento) fue inesperado: la puerta se abrió, ingresé al camarín y simplemente me paralicé. Fue un atentando a tantos inmaculados pensamientos de una piba adolescente que aprovechaba los recreos del colegio para buscar el balón que algún compañero llevaba para poner a prueba a la habilidad. No cabía en mi cabeza otra imagen; el futbolista llevaba una camiseta, un pantalón y los botines de moda. A lo sumo, había percibido a la distancia un festejo sin camiseta, con el torso desnudo. 


La risa por el chiste surgido segundos antes de que la puerta se abriera, ya no estaba allí. Todos los protagonistas estaban desnudos o cubiertos por una toalla, en el mejor de los casos. Eran una especie de Tarzanes saltando entre bancos y camillas, celebrando un clásico que tenía los colores tombinos. Sus físicos marcados y sin nada que ocultar pasaron durante un par de segundos delante de mis ojos. Fue entonces cuando el utilero, pendiente de lo que pasaba en la puerta del vestuario, largo: “Guarda que viene Pili”. 


Nadie se preocupó por la adolescente que caminaba entre ellos. Y eso en algún punto estaba bueno: yo era una más. Apenas atiné a bajar la mirada y pedí hablar con el delantero del momento, uno de los autores del triunfo.  


Él, rubio, fachero, exitoso, apareció imponente. No pude mirarlo. Ni a la cara ni a la toalla. Apenas pude bajar la mirada y enfocarla en una baldosa amarillenta, a la que le faltaba una esquina. Aún hoy lo recuerdo: tenía 21 marcas que estaban a punto de agrietarse. Las conté porque los nervios me comían por dentro. 





Disparé un par de preguntas que el ex River contestó. Yo seguí con la mirada fija en ese cuadrado, donde las huellas habían dejado su marca. Concentrada en la baldosa, repetí las consultas y el goleador, atento a mi incomodidad, buscó hacerme sentir mejor. No lo consiguió. Mi mirada estaba puesta en esos 20x20, en nada más.  


La crónica se completó con dos preguntas de rigor y una mano sobre el hombro: era la del entrenador, un hombre de años y mucha experiencia que me invitó a charlar fuera del vestuario. 


La decisión con la que abandoné la zona fue vertiginosa. Presioné el botón del stop dentro y el click fue afuera. No recuerdo haber dado las gracias al rubio, pero creo que entendió.  


Salí de allí incomoda y ruborizada. El entrenador, con la paciencia de quien todo lo había vivido, me dio una exclusiva que terminó siendo la nota del momento. La del “Ruso” apenas bastó para un relleno.  


Aquella temporada no fue de las mejores que se recuerden en la vida deportiva del Expreso, que apenas consiguió salvar la categoría. Recién unos años después, ya sin el rubio entre sus filas, llegaría el inolvidable salto a Primera División.


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