El viejo Tito

(Por Analía Doña Carvajal)


Alto, grandote, medio encorvado y narigón. Chaleco bremer azul, camisa manga corta celeste, pantalón de corderoy marrón. Boina azul para esconder la incipiente pelada que asomaba entre sus canas. Manos en los bolsillos, patas chuecas. Así era el Tito, un viejo cascarrabias de unos 70 años que alternaba entre el fútbol y sus canarios.


Era buen mozo de joven. Y allá por sus buenas épocas, hacia fines de los 60, hasta defendió el arco de su querido Godoy Cruz Antonio Tomba por un par de primaveras.


Los años siguientes transcurrieron entre bodega y bodega, entre la Ciudad de Mendoza y Rivadavia, donde junto a la Marta acabaron criando a sus cuatro hijos, tres varoncitos y una chancleta.


En la vieja casa de baldosas rojas, pasillo largo y habitaciones de techo alto que rodeaban un patio interno con algunas plantas no se hablaba de otra cosa que no fuera de fútbol. Sus hijos crecieron escuchando anécdotas futboleras que jamás sabrán si fueron reales... aunque conociéndolo... si no lo fueron, pegaron en el palo.


Con el tiempo, el viejo fue perdiendo palabras pero ganando historias que otros se encargarían de contar. El Tito pasó a ser el Tata y con ello, su pasión por el fútbol y los canarios se fue entremezclando con la que tenía por los nietos.


Como si de un ciclo sin fin se tratara, aquel arquero del Tomba vio su sueño cumplirse en uno de sus vástagos. Con él, esa quimera de futbolista se volvió real y las rutas argentinas se transformaron en el camino a recorrer para ver a su nieto jugar.


Si había un lugarcito en el auto, él iba. No le importaba a dónde, ni a cuántas horas de distancia estaba esa cancha recóndita que visitarían solo por algo más de 90 minutos. El único condicionante era el táper de sanguchitos de jamón, queso y mayonesa que su Marta le preparaba antes de cada partida y que a los pocos kilómetros, aún sin salir de Mendoza, ya nada tenía.


El Deportivo Maipú, que llegaba como líder invicto de la zona 3 de la fase de grupos del Argentino A, debía probarse ante Juventud Antoniana de Salta en la séptima fecha. Corría el año 2009. La cita tendría lugar el lunes 28 de septiembre de 2009 para ser exactos.


Esta vez, como pocas, no había auto para ir al Norte. Pero Franco y Héctor no podían perdérselo así que insistieron para ir en el colectivo de los jugadores. Para muchos éste puede ser un anhelo inalcanzable pero cuando te toca ser el hermano y el padre de uno de los futbolistas, el trámite es mucho más sencillo.


¿Y el Tito? ¿Para el Tata no había lugar? No. El cupo estaba cubierto así que por más que refunfuñase iba a tener que conformarse con escucharlo por la radio.


Después de 18 largas horas, la ciudad de Salta les abrió las puertas. El partido era al día siguiente y un domingo a la tarde lo único que les quedaba por hacer a Héctor y a Franco era ver River- Gimnasia. Después de acomodarse en un hotel céntrico, en plena calle Pueyrredón, y de darse un baño calentito, o no tanto, padre e hijo salieron a recorrer un poco los alrededores.


Café, tele y 2 a 2 con algo de suspenso. Para sacarse el sabor amargo del empate en un encuentro que el Millo parecía tener en el bolsillo, decidieron dar otra vuelta.


"Viva la auténtica noche salteña. El templo mayor del floclore", rezaba el pizarrón con el que se toparon unas cuantas cuadras después. Ése era el lugar. Nadie puede irse de Salta la Linda, sin pasar por una peña.


Tras asegurarse una mesa, volvieron al hotel, se cambiaron con Atlético Tucumán- Lanús de fondo y partieron otra vez para aquellos lares.


Algo de malambo, falsos Nocheros dignos de Cosquín y una que otra paisana alegraron la noche entre empanadas y vino tinto.


Después de haberse empapado de la cultura norteña, el lunes pasó rápido. Lo único que tenían en mente era llegar temprano al Martearena.


El Cruzado venía muy bien, puntero y de celebrar el récord de 50 partidos invicto como local. Pero Antoniana estaba segundo en la zona y, si ganaba en su "casa", compartirían la punta. Se esperaba un partidazo.


Al estadio llegaron como lo habían hecho a Salta: en el colectivo de los jugadores, junto a un par de dirigentes y miembros del cuerpo técnico. Sí, sí, claro, el DT de Maipú era el Carlos, quién más.


Con coronita y cara bien dura entraron al campo de juego disimulando ser parte de la delegación. Mientras calentaban los titulares, entre los que estaba el más famoso de la familia, ellos cruzaban algunas palabras haciendo el análisis prepartido con el único periodista que había viajado desde Mendoza. El mismo que minutos más tarde relataría, comentaría y harías las notas en vestuario para una radio partidaria a la que costaba enganchar si no estabas en Maipú.


-Pst, pst. Pero ellos siguieron charlando.
-Eu, mendocinos. Y se dieron vuelta.

El llamado provenía de un asistente de cancha o vaya a saber qué cosa de Juventud Antoniana.


-El señor de allá los llama, dijo señalando la platea.


Los tres interlocutores hicieron un silencio que pareció eterno y se miraron sin entender nada. El resto de la delegación también había entrado a la cancha y los jugadores estaban todos calentando. Quién iba a llamarlos desde la tribuna si en Salta no los conocía nadie más que el macanudo mozo de la peña que hasta les había regalado una empanadita más a cada uno.


Entre los pocos hinchas de Antoniana que asomaban en la fría noche primaveral de lunes en el Martearena, divisaron a un viejo grandote de boina, campera de lana oscura, camisa clara y pantalón marrón agitando los brazos.


Quién más iba a ser sino el incanzable Tito, que después de varias horas de darle vueltas al asunto, había decidido tomarse un micro de larga distancia para estar presente una vez más, con sus casi 70 a cuestas, alentando al nieto futbolista que la vida le había dado.


Al partido lo terminaron viendo los 3 juntos, acovachados para darse algo de calor. ¿El resultado? Una anécdota... 1 a 1 con gol de Guillermo Tambussi para Maipú y de Daniel Fernández para el local. El Gringo terminó re caliente por la expulsión del Pipí Benítez y del Colo Córdoba todavía se acuerdan en Salta por hacer tiempo.


En el mundialista solo quedaría tiempo para una ducha sin vapor y un abrazo inesperado a la salida del vestuario, entre un nieto sorprendido y su viejo y fiel seguidor.

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