El Víctor, según el Cato

(Por Analía Cuccia Baidal)



Desde que tuve conciencia fui hincha de Gimnasia. La primera vez que pisé el estadio sentí la llamita. Fue a los cuatro años cuando mi viejo me tomó de la mano en pleno festejo de cumpleaños de mi mamá. No creo que haya sido el mejor regalo para mi vieja que nos fuéramos aquella vez, pero sí lo fue para mí.


Desde entonces nació esa costumbre de fin de semana: vestirse de blanquinegro para alentar al equipo. Ya llevo 70 años ininterrumpidos, muchos en la popular y 25 en la platea. Y siempre en el mismo lugar. Nunca sentado, siempre cerca de las escalinatas, a la pasada para el encuentro de mis “hermanos”.


Entre ellos, muchos fundadores de “la 33”. Nos bautizó así Marcelo Houlne, porque habitualmente -cuando jugábamos de visitante- no juntábamos más de diez hinchas. Y en un partido en la cancha de Palmira, por el torneo local, Houlne nos contó y éramos 33 los presentes.


El amor por Gimnasia fue creciendo con el correr de los años. Aquella época de los ’50 y ’60 fue la más gloriosa para mí. Ver al Víctor con la blanquinegra fue insuperable. Siempre le dije a él que sería jugador del Lobo. Él me respondía -evasivo- con la misma frase: “Voy a firmar con el mejor postor”.


Un día, por querer colarse a la cancha sin entradas, le llevó el bolso al “Chupino” Cardone, que también era del barrio. El técnico reconoció al zurdo, de verlo gambetear en los campitos, y lo invitó a jugar. Como era un amistoso, entró y la rompió.


Después de meter dos goles no lo dejaron ir. De inmediato firmó su primer contrato. Corría abril del ’56. Al Víctor lo venían a buscar de todos los clubes de Mendoza, y Gimnasia -para convencerlo- le tuvo que pagar una prima con una Siambretta. Así se quedó. Y cuando me enteré, fui el hincha más feliz de esta tierra.


Hablan de Maradona o Messi… pero yo lo conocí de siempre al Víctor, y sé que él fue el primer extraterrestre que hacía magia con el balón. Y gracias a Dios, la nave cayó en Gimnasia.


Infancia feliz


Nunca olvidaré aquellos lindos y valorados momentos de mi infancia y las aventuras con él, pese a que este chico delgado y de melena esponjada ya era un adolecente y yo un gurrumín que lo seguía para todos lados.


Iba a la escuela primaria con el Oreste, uno de los hermanos menores de la familia Legrotaglie. Yo vivía en la calle Falucho, de Las Heras, y ellos en la Doctor Moreno. Y crecí con la imagen de ése, a quien ya desde antes de que todo pasara, admiraba. Me había despertado cierta idolatría con su talento innato para tratar la pelota. Se podría decir que fui de los primeros descubridores del Víctor, y nunca dejé de seguirlo. Solíamos jugar algún picadito en el campito, pero yo no era de los más habilidosos. Sin embargo quería estar ahí con él.


Lo mío después fue el básquet y mi lugar en las gradas, sitio desde donde en cada gambeta o pase profundo me trasladaba al barrio en Las Heras.


Del 5 de Octubre del Víctor a la Primera del Lobo


Su papá y sus siete tíos eran hinchas de la Lepra. Su vieja, del Lobo. En aquella época, las mujeres no opinaban, no entraban en la pulseada para incidir en la elección de un pequeño hincha. Sin embargo ella, en silencio, sabía bien cuál sería su destino.


El Víctor tenía en el Sociedad Sportivo Italiana 5 de Octubre más amigos que Roberto Carlos. Todos querían jugar con ese 10. Allí estuvieron el Negro Castro, el Rafa Carrizo, Carlos Villarreal y Ramón Diéguez. Entre jugadores de Gimnasia y Huracán formaron un gran equipo.


Logró sacar lo mejor de sus compañeros con solo ponerles la pelotita en el pie. No era de los que disparaban, era de los que con un simple toquecito, con esa maravillosa zurda suya, la dirigía certeramente a destino. Esos que hoy llaman ‘centennials’ desconfiarían de si esa pelota escondía un dron, pero no. Eran los ’70 y era el Víctor el que tenía el don.


¿Pícaro en la cancha? Ninguno a su nivel. Era un atorrante con pantalones cortos y medias caídas que siempre buscaba qué patear.


Y eso me lleva a volver a atrás, nuevamente. Un día, en la niñez, se robó una pelota que se iba a sortear en la iglesia. Ni la pensó; se había enamorado a primera vista. Pero después tuvo que devolverla. El cura, en plena misa, dijo que Dios castigaría al que se la había robado. Nosotros salimos convencidos de que nos iríamos al infierno así que, de un patadón, la tiramos al patio de la iglesia y salimos corriendo para que nadie nos viera.


La madre se enteró luego, pero muy lejos de enojarse, le dijo que haberla devuelto era como haber hecho un pase de gol para otro que la necesitaba más. Su vida tuvo un antes y un después tras esa enseñanza.


El Víctor debutó en Primera sin haber pasado por Inferiores, porque en aquellos tiempos no había mejor formación que la que te daba el potrero y algún paredón de escuela en el que, cada tanto, practicaba para hacerse zurdo y diestro a la vez.


El equipo con el que siempre ganaba -el del barrio en Las Heras- y sus amigos fue los más fuerte que la vida le dio como futbolista.


Siempre tan arraigado que nunca quiso aceptar un contrato millonario ni traspasar el Arco del Desaguadero; salvo cuando se fue a Chacarita… y le duró poco.


El Víctor era de los que, si le pintaba y coincidía, dejaba la práctica de Gimnasia para sumarse al picadito en la canchita del Tamarindos, Matienzo o en la de Patricias (del Bajo Ortiz) cercanas al Cementerio. Se armaban unos partidazos bárbaros.


Pero ojo, ahí no jugaba de 10. La condición era que lo hiciera de 3, para evitar el desparramo. Era un poeta que amaba el potrero más que al cosmos del fútbol. Y así y todo, sus récords llegaron a la FIFA. Fue comparado con Di Stefano y con Pelé… Pero él siempre fue el Víctor. Y era mejor. Por cantidad de goles, más córners olímpicos y, sobre todo, porque era el que más apuestas ganó en el desafío de las payanitas usando una diminuta moneda de 10 centavos.


Ese pibe sigue sonriendo. Hasta hace un tiempo, se lo podía ver contando sus anécdotas, mientras tomaba un cafecito sentado a una mesa en la vereda de calle Rivadavia o Amigorena. Se lo veía entre esas cuadras, siempre rodeado de amigos y recibiendo el abrazo de algún transeúnte que reconocía en él la leyenda viviente del fútbol mendocino.


Jugó 20 años en Gimnasia y también se dio el gusto de dirigirlo. Orgulloso por lo que representó con la blanquinegra y por su mamá quien, en silencio, ya sabía que triunfaría con esos colores.

El Víctor se transformó en leyenda, pero siempre mantuvo la sencillez y los sueños humildes de pibe.


Hoy, después de 70 años, esta vida cíclica nos vuelve a ubicar cerca. Fuimos vecinos en Las Heras cuando éramos pibes y, ahora, el Víctor vive en una residencia para ancianos a siete cuadras de casa, en Chacras de Coria.


Y suelo pasar removido por los recuerdos, aquellos de cuando ambos vestíamos de corto, compartíamos las calles, las travesuras y, sobre todo, de cuando él empezaba a ilusionarme con ver a mi Gimnasia campeón.

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