El primero y el último

(Por Laura López)


- Cuánto falta?

- Diez - contestó el entrenador sin mirar.


Perdíamos 15 a 0 y nada podía estar saliendo peor. Desde las tribunas sólo se escuchaba el "vayan a lavar los platos". Algo que nunca entendí; mi papá los lava siempre y mucho mejor que yo.


- Cuánto falta? - volví a preguntar.

- Nueve - respondió el improvisado juez de línea, que parecía estar rogando que aquel suplicio terminara lo antes posible.


Lo positivo era que no habíamos recibido goles en todo el segundo tiempo. Tampoco habíamos cruzado la mitad de la cancha... Y no había movimientos en el banco de suplentes, en donde yo estaba incómodamente sentada. Willy, el DT, mantenía la mirada perdida en el partido. Quizás esperaba que alguien viniera a despertarlo de un mal sueño, pero no; intentaba mantener su dignidad a pesar del evidente papelón. Y las del banco tampoco teníamos tantas ganas de entrar. Para qué, ¿para que putearan a nuestra familia entera? No, señoras y señores. Era mejor quedarnos con el falso recuerdo de que eso no hubiera pasado con nosotras en cancha. Antes de que abriera la boca para volver a preguntar la hora, vi cómo Willy le hacía señas a la capitana de que faltaban cinco.


Anita no daba más, arrastraba los pies, le colgaban los brazos, era una sopa. En la tribuna se festejaba cualquier otra cosa: la barra del equipo masculino aprovechaba para recordarle a los hinchas que en dos semanas, en ese mismo escenario, se jugaba el clásico. Ellos estaban segundos y nosotras décimocuartas. Por lo general no éramos tan horribles, no habíamos perdido por más de cinco goles de diferencia y teníamos un empate ante Municipal y un triunfo sobre Lavalle. En realidad no se presentaron, pero tres puntos son tres puntos.

Y ahí estaba yo, sentada, viendo cómo el tramo final del partido transcurría en cámara lenta, cuando pasó lo inesperado. Dura falta sobre la Tana, roja directa y ambulancia. Willy se dio vuelta, revoleó los ojos durante dos eternos segundos y me señaló justo al centro de la frente.

Me levanté como un resorte, afirmé la vincha blanca y la cola de caballo, di dos saltitos caraduras y entré trotando para ver cuál era el plan. Obviamente no había ningún plan; estaban todas desparramadas en el campo de juego, tomando agua, elongando o simplemente desmayadas. La capitana del otro equipo le hizo señas al árbitro para que lo terminara.



- Patean el tiro libre y basta - le respondió con un tono casi de sufrimiento. Anita me miró y balbuceó "patealo vos". Agarré la pelota y, sin tiempo para evaluar la situación ni pensar que nunca en la vida había ejecutado un tiro libre, la acomodé a poco más de dos metros de la línea del área, sobre la banda izquierda. Las de rojo (ya no recuerdo de qué equipo eran) no tenían pensado resignar el invicto de su arquera y armaron la barrera con las dos más grandotas que tenían.

Tomé carrera y pensé: centro al área, alguien la cabecea, la tira afuera y se termina todo. El árbitro pitó, avancé hacía el balón, entrecerré los ojos y le di con toda mi fuerza.

Fijé la mirada, la pelota giró en el aire cual escena de los Súpercampeones, pero no buscó una cabeza, ni un pie, ni una rodilla, ni la mano de la arquera. La caprichosa hizo, una vez más, lo que quiso y se fue a besar la red a pesar del esfuerzo de la 1 rival que maldecía como si aquella pelota que entró rozando el ángulo le hubiese significado la derrota.



"Ah, pero ¡qué golazo! ¡Envidia de Messi, de Cristiano, de Zlatan! ¡En tu cara, Roberto Carlos!", me agrandé. Y mis compañeras corrieron desenfrenadas a abrazarme. Celebramos, dimos la vuelta olímpica, no sé. La hinchada se sumó al insólito festejo de un gol que, no sólo había salvado nuestro orgullo, sino que también fue tema de conversación durante varios años.

No volví a marcar nunca más, fue mi primer y único gol. De hecho me mudé y, poco después, colgué los botines. Pero cada vez que vuelvo a la cancha para hacer el aguante, tomar unos mates y chusmear, algún memorioso me grita desde otro sector de las gradas: "Qué golazo, China!". Y yo, qué querés que te diga... Yo me siento como Román.

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