El malo de la película

(Por Yésica Alcaino)


Son las 5 am y una alarma ensordecedora comienza a sonar. Ese mismo sonido se escucha en esa habitación día tras día. Es una alarma que no diferencia sábados, ni domingos, ni feriados. Siempre a las cinco en punto empieza a gritar.


Una mano, grande por cierto, manotea ese reloj sobrio y lo hace callar hasta el otro día. Nada de cerrar los ojos diez minutos más, como lo hace la mayoría de las personas. Es hora de levantarse.


Se prepara un café bastante amargo, tostadas perfectas con queso, un jugo de naranjas exclusivamente exprimidas por él y un mix de frutas frescas que compró la tarde anterior. Se toma su tiempo, esa colación es su preferida.


Luego deja todo en orden, los elementos lavados, secados y guardados. Correctamente cada cosa en su lugar. En su habitación, tiende su cama y abre la ventana para que el sol ingrese y le dé en la cara. Se saca sus pantuflas y se pone las zapatillas deportivas, desgastadas por el uso excesivo; se sube los pantalones y coloca su remera por dentro, se peina con gel a lo Gardel, perfectamente prolijo. Agarra sus auriculares, le da play a su lista de Spotify de rock internacional y sale a su escape habitual.



Camina unas cuadras para entrar en calor y empieza el galope. Diez kilómetros exactos, ni un metro de más, ni un metro de menos. Todo en su vida está fríamente calculado, o así lo hace parecer.


Una vida rutinaria, guiada por el orden, la prolijidad, la obsesión, la responsabilidad, el trabajo, la justicia y los sueños frustrados. Para él nada podía estar librado al azar. Pero vaya paradoja, su profesión pone en juego todos esos valores.


Su uniforme negro lo dice todo, le queda pintado como si hubiese sido pensado para él. Pisa “la oficina” y un silencio profundo se hace sentir. Todos lo miran con un poco miedo. Un metro ochenta, imponente, con una mirada desafiante. Tiene que mostrar seguridad, no puede titubear. Aunque por dentro, no para de temblar.


De repente, ese silencio aterrador se ve alterado por silbidos y alaridos desde el más allá. Gira su cabeza buscando individualizar de dónde provienen, pero prefiere no perder el tiempo en eso y enfocarse en su labor. Sabe cómo manejar esa situación mejor que nadie, por algo está ahí. No quiere ni puede perder el control.


Él, ahí parado justo en la mitad de ese espacio verde, es símbolo de autoridad, de ley, de rectitud. Defiende algunos intereses, pero castiga otros. Y eso lo convierte en “el malo de la película” para muchos, o al menos, para los seguidores de ese arte.


Cuando acierta en sus decisiones y con ellas favorece a la mitad de sus dirigidos, deja de ser el malvado para ellos, pero solo por unos segundos. Nadie le agradece o festeja nada, él nació para ser odiado por todos. Hasta creo que el color de su vestimenta fue elegido por estos individuos que gritan desde afuera y poco saben lo que realmente sucede ahí dentro.


Sus herramientas de trabajo son muy básicas, pero esenciales: un par de tarjetitas de colores, “la amarilla que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento; la roja, que lo arroja al exilio", como expresa Eduardo Galeano (1*)... y un silbato, que con su sonido anuncia su llegada.



Tiene compañeros de oficio, pero ellos están aislados por unas líneas de cal. Miran desde afuera como unos espectadores más.


Veintidós modelos desfilan alrededor de él y le presumen el esférico en sus pies. Son todo lo que él quiso ser, pero esa gracia se le negó. Se conforma con ver la pelota pasar, con tocarla al comienzo y al término de cada jornada laboral.


Corre, corre más que nadie sin parar, como cada mañana al despertar.


Todos los odian, pero él, con tal de pertenecer a ese mundo redondo, aguanta lo que sea y se deja llevar. Es la persona encargada de empujar la cinta para que empiece a rodar esa película en la que hace de villano, sí, pero tiene un papel principal.

(1*) Galeano, Eduardo. El fútbol a sol y sombra. Ed. Tercer mundo. Bogotá 1998, p 11.

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