El cronómetro

(Por Yésica Alcaino)


Un cronómetro gigante, colgado en una pared atrás de un arco, sin saberlo, se convertiría en nuestra salvación.


"Vivíamos a full", de aquí para allá, pero eso no fue una excusa para organizar un amistoso. Las profes de la escuelita de verano del Naranjito jugarían frente a las de la colonia Rayito de Luz, que fueron las primeras en aceptar nuestra propuesta. Sin dudarlo, pusimos día y hora.


La fecha se acercaba y estábamos en aprietos. La habilidosa del club había sido operada de los meniscos. Sin contar además, que no llegábamos ni a siete, el número obligatorio para jugar. Estábamos al horno.


Ya no podíamos achicarnos y suspender así que completamos el equipo como pudimos. Era un amistoso pero el espíritu competitivo de las profes siempre estaba a flor de piel.


El lugar elegido fue una canchita de Godoy Cruz. Nos salió todo mal desde el principio. Llegamos tarde y eso ya nos jugaba en contra. Ellas estaban listas para la “guerra”. Eran tantas que podían hacer dos equipos. Tenían tres jugadoras de selección, DT, ayudante de DT, hinchada y hasta un aguatero. Les faltaba tirar papelitos nada más.


Ahí estaban paradas en la cancha, con las medias hasta arriba, la camiseta bien puesta y dos líneas pintadas en la cara.


¿Nosotras? Bien, gracias, recién presentándonos. Ahora me da risa, pero juro que en ese momento no me reía. Éramos cuatro profes y tres amigas de alguna de ellas.


El cronómetro empezó a marcar los primeros segundos y se acabó el tiempo para presentaciones. Repartimos las pecheras y nos acomodamos en la cancha como pudimos. Ninguna quería atajar como era de esperar, hasta que Sabri tomó coraje y se puso los guantes.



Teníamos un miedo bárbaro y entre gritos de ‘hey y vos cómo te llamas’, nos clavaron el primero. Creo que ese gol nos hizo reaccionar. No sé cómo pero pocos minutos después, anotamos en el empate. No me pregunten quién metió el gol porque nunca me aprendí el nombre.


Llevábamos media hora e hicimos cambio de arco. Ahora sí al cronometro lo teníamos de frente. No tardó en llegar el dos a uno, en contra, claro. No dábamos más. Ellas corrían sin parar. Tenían cincuenta cambios en el banco. Nuestro equipo tenía que aguantar; en el banco solo estaban los bolsos y la botellas de agua de cada una.


Mientras jugábamos, pensaba: “Un dos a uno no está tan mal, podría terminar el partido ya”. Pero para sorpresa de los ahí presentes, una de las chicas pateó con furia y la pelota entró en el arco sin pedir permiso. Ni nosotras lo podíamos creer.


Desde entonces no le sacamos los ojos de encima al reloj que estaba en esa pared. Los segundos pasaban tan lentamente y ellas se nos venían encima rápidamente. Pusieron toda la mejor carne a la parrilla de nuevo. No les entraba en la cabeza cómo siete pibitas les habían empatado un partido que ellas daban por ganado desde que nos vieron llegar.


Nos metimos atrás todas a defender y ayudar a una Sabri iluminada que sacaba todo. Los pelotazos parecían misiles lanzados en la Segunda Guerra Mundial.

No había árbitro, así que el pitido final no lo íbamos a escuchar. El protagonista principal era el bendito reloj.

El cronómetro casi marcaba una hora de juego y a nosotras el corazón nos estaba por explotar.

Ahora marcaba sesenta minutos y un poco más. El dueño de la cancha ya estaba parado pidiendo que abandonáramos el lugar. Hasta había un equipo esperando su turno para jugar.

Nosotras aguantamos como pudimos y resistimos hasta el final. Ellas, enfurecidas y en silencio, se fueron casi sin saludar.


¿Quién dice que los empates no se pueden festejar?


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