El camino

(Por Rosalía D´Agostino)


Muchos años pasé lejos del fútbol, aunque siempre pendiente de diferentes resultados o partidos. Como periodista y apasionada de este deporte, los encuentros más importantes para mí son los del torneo local y del ascenso. Las emociones se viven a flor de piel. El sueño de los equipos de mi lugar, de mi tierra, de mi Mendoza generan un abanico de diferentes sensaciones, enojos, tristezas y alegrías. La adrenalina del fútbol es difícil de entender, ¿no?.


Después de recorrer diferentes canchas, cubriendo partidos de las ligas locales para la radio y la gráfica, por circunstancias de la vida tuve que alejarme de este mundo de fanáticos, ilusionados y apasionados de la redonda y ejercer mi otra profesión, la docencia. Fueron años de extrañar pisar ese césped verde y amarillento.


Pasó el tiempo y a mis 30, sin pensarlo, llegó a mi vida la posibilidad de ser parte nuevamente del periodismo, esa tarea que comencé apenas finalizados mis estudios secundarios. Esta vez, en el Club Social y Deportivo La Libertad. Pero antes de comenzar a trabajar en el Albirrojo, sucedió un hecho que hizo que definitivamente dijera "sí, quiero volver".


Se jugaba la semifinal de vuelta del torneo Federal C 2017; La Libertad visitaba a Pilares, un equipo de la Liga Sanrafaelina. El partido anterior había terminado 2 a 2 y, por el momento, los dos equipos tenían chances de lograr su objetivo, llegar a la final y obtener el ascenso al Federal B.


Viajamos al Sur, emprendimos un camino lleno de ilusión sabiendo que sería un gran día. Familias, hinchas y amigos fuimos hasta la cancha de Huracán de San Rafael para ver la definición del encuentro que había comenzado en Rivadavia una semana antes.


El partido tuvo suspenso hasta el último momento. En la primera etapa no se sacaron ventaja. Pero, para desazón de La Libertad, apenas comenzado el segundo tiempo, Pilares hizo el gol que lo ponía en la final. La hinchada albirroja no paraba de alentar, afuera de la cancha había unos cincuenta hinchas que no pudieron ingresar y que desesperados intentaban saber qué pasaba en el campo de juego. La Policía no dejó que entrará toda la gente visitante.



Rápidamente llegó el penal en favor del Albirrojo. En ese momento lo único que podían escuchar mis oídos era al padre de Nabil Ponti que pedía que no lo pateara... poca confianza le tenía al joven que, sin pensarlo y sin escuchar los gritos de afuera de la cancha, fue seguro, agarró la pelota y pateó. Su papá tenía razón: el arquero Marcó tapó el penal, pero para sorpresa de muchos, en el rebote, Ponti metió el balón adentro del arco. Se sintió un alivio enorme en esa tribuna.



Mientras todos gritaban el gol, observé a mi alrededor y pude ver a Nico “Bocha” Arce con lágrimas en los ojos, saltando con muletas y alentando a sus amigos, con quienes comparte desde niño el amor por el club, ese lugar que lo vio nacer y crecer.


El partido terminó 1 a 1. Llegaron los penales. En la tribuna había una cadena de rosarios amarrados en las manos de los hinchas. El corazón se nos salía, cantábamos y alentábamos a ese equipo de jugadores, de guerreros y de amigos.



En la serie de penales, Fernando Abba puso el 3 a 2, Trollán pateó fuerte pero al palo y ahora era el turno de Emmanuel “Monito” Vargas. En ese momento tapé mis ojos y pedí por favor escuchar el grito de gol. Y así fue, el Monito le dio el pase a la final a mi querido Albirrojo, a ese club que estaba comenzando a ser parte de mí.


Afuera del vestuario era una fiesta, todos cantábamos “y dale Albirroooo… queremo el ascenso, la banda está loca, quiere un campeonato para festejar…”. El club Social y Deportivo La Libertad estaba haciendo historia; por primera vez llegaba a la final.


El camino de regreso comenzó tras ese incipiente festejo. Desde el auto podía ver cómo los chicos celebraban el pase a la final en el colectivo que los trasladaba. Detrás de ellos, una larga caravana los acompañaba en su regreso a Rivadavia, en esos 235 km que nos separaban del distrito de La Libertad, donde la gente del lugar nos esperaba para seguir de fiesta.


Sin embargo, sucedió lo que nadie esperaba: al llegar un control policial, nos dimos cuenta de que no se parecía en nada al que habíamos pasado en la ida... y no, cómo se iba a parecer si estábamos en San Luis.


Sí, entre festejo y festejo nos confundimos y seguimos de largo por la RN 146 que nos llevó directo a la provincia puntana.


Los hinchas y los jugadores no dudaron y, para pasar el mal rato mientras pensábamos en cómo volver, nos bajamos en el medio de la nada y nos pusimos a cantar y a bailar entre bombos y redoblantes camino al Federal B.


A Rivadavia llegamos a las 4 de la mañana cuando, obviamente, ya no quedaba ni un alma para el festejo.


Hay quienes aman el fútbol de los equipos de Primera, hay quienes aman el fútbol de los del Ascenso. Al equipo local, al club que la pelea día a día, al que te da estas aventuras y esa mezcla de emociones que logran que quieras ir todos los domingos a la cancha, que te hacen quererlo con locura. Yo estoy entre esos últimos. Me quedo a muerte con el equipo local, con el de Ascenso.



Aquel día quedó en el recuerdo de todos, por el pase a la final y por seguir de largo a San Luis. La alegría fue tan grande que haber hecho tantos kilómetros en vano no fue nada. Al contrario, fue un recorrido lleno de felicidad e ilusión.


Durante el viaje, en esa ruta larga e interminable pensé y me convencí de que sí quería formar parte de la familia albirroja y volver a recorrer el camino del periodismo, esta vez, como su encargada de prensa.



Gracias por esta historia al plantel que lo hizo posible: Emmanuel Vargas, Gustavo Cabrera, Fernando Abba, Enzo Villegas, Damián Cabrera, Javier Villaseca, Cristián Tello, Dihue Campos, Abel Lucero, Fabricio Jil, Misael Álvarez, Enrique Sosa, Nabil Ponti, Leandro Morales, Walter Moya, Lucas Arce, Federico Rivarola y Lucas Bucculo. DT Juan Abba, ayudante de campo Christian Andrada, preparador físico Emilio Gómez y Diego Zago, utilero Miguel Cardozo y al inolvidable chofer del colectivo... Walter Cabeza.


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