Dos cabezazos en el área

(Por Laura López)


Dos cabezazos en el área, es gol: es una de las máximas irrefutables del fútbol de todos los tiempos, ya sea de cuando se jugaba con 9 de área, o de ahora, que se juega con ese esquema raro que usan los DT más modernos.


Es uno de los principios más antiguos, de los más respetados y con mejores estadísticas. De esos que no resisten ni un generalizado "kiricocho".


Pero déjenme decirles que, para mí, es una regla absurda. Y a los hechos me remito.


La liga femenina había llegado a su fin y un tercer puesto en el campeonato de ascenso nos alentaba a querer ir por todo en el siguiente torneo.


El Profe no quiso saber nada cuando le dijimos de hacer pretemporada: "No me llamen ni para mi cumpleaños", fueron sus crudas palabras. Entonces decidimos tomar el toro por las astas.


Organizamos un amistoso con los amigos de algún novio y alquilamos una canchita en Maipú. No podíamos ni imaginar la idea de estar todo un mes sin tocar la pelota.


Pleno enero, no éramos tantas, así que me tocó ir al arco: 1.50 m de puro coraje, no mucho más que eso. Mentiría si les diera algún detalle de aquel partido, seguro íbamos perdiendo, no lo sé bien. Pero estoy casi segura de que con Vicky alcanzamos a hacer nuestro clásico festejo de chocar el pecho en el aire. Fue su mejor época, sin dudas: todo lo que tocaba iba a parar al fondo de la red.


Dejamos atrás a la más rústica, la Roxy; no era tan grandota, pero metía miedo. Los chicos no se lo tomaron tan en serio, pero para nosotras era la final de la Champions.


Debajo de los tres palos (cancha chica, por suerte) vi cómo uno de ellos intentó sorprenderme por arriba. Hizo la clásica con los arqueros enanos, pero le faltó sopa. La pelota, que había partido desde la otra área, no iba a alcanzar más que el punto penal.


Avancé confiada como nunca, esa maldita iba a ser mía. Sin ningún rival a la vista, salté para despejar de cabeza y, por unos segundos, fui la heroína de la historia. Salvo por un pequeño detalle.



Mientras yo calculaba la trayectoria de la pelota y avanzaba hacia ella, la Roxy hizo lo propio, pero de espaldas. Saltamos al mismo tiempo y, mientras la pelota se reía de nosotras, cabeceamos nuestras cabezas.


Mi nariz dio contra su nuca y obviamente me llevé la peor parte. Alcancé a ver la sangre, tanteé que estuvieran todos los dientes y me desmayé.


Terminé en el hospital con el tabique roto. Y esto no me lo acuerdo, pero me lo contaron: la pelota no entró. Así que no me vengan con eso de que "dos cabezazos en el área es gol", porque no. Y se los discuto a morir.


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