Dos amores y el secreto de una traición eterna

(Por Analía Doña Carvajal)


No solía hacer cosas por amor pero él tenía un no sé qué que lo hacía especial. Su vida cambió para siempre el día que lo conoció. Sintió por primera vez esas mariposas de las que todos hablaban y hasta comenzó a flaquear en su fuerte: pensar y analizar ventajas y desventajas con frialdad. Fue como si un ser de otro mundo se hubiese metido en su cabeza para controlarla y hacerla hacer cosas que jamás imaginó que haría. En particular una, de la que aún hoy se arrepiente.

Si el destino estaba marcado, si se la jugó tan bien para presentarle al amor de su vida y que ambos cayeran rendidos a sus pies, ¡para qué cruzó la línea! ¡qué pensará su papá sobre eso! Si el destino estaba de su lado,  se las hubiese ingeniado para que ellos siguieran juntos, como hasta ahora, sorteando dificultades, malos entendidos y opiniones dispares. No había necesidad. Realmente no la había.

Jamás imaginó enamorarse de una persona así. En verdad, jamás imaginó enamorarse pero, si en algún momento eso que siempre fue tan lejano para ella, se daba, sin dudas no iba a ser de una persona como él. 


De la primera vez que fue a la cancha no se acuerda. Su papá la llevó cuando ella todavía no cumplía dos años. Desde ese día, ir domingo por medio se hizo una costumbre para ella. Con suerte, algún otro domingo también podían ir de visitante si mamá les hacía el aguante para faltar a la casa de la abuela y el estadio les quedaba más o menos cerca de casa.   Ya siendo adolescente, su vida era eso que pasaba entre cancha y cancha, entre entrenamiento y entrenamiento. Sus amigos eran todos del club. Del colegio se iba en bici derecho para allá. No importaba si era verano, invierno, primavera o 38 de otoño. Las horas se pasaban rapidísimo y la rutina no era mala palabra para ella. Cuando empezaron las salidas nocturnas se dio cuenta de que había un más allá. Que había personas a las que el fútbol no les interesaba y hasta que había hinchas de otros equipos. Sí, no es que viviera en un termo pero hasta ese entonces casi no había cruzado palabra con alguien que vistiera otros colores. Salvo que fuese de tribuna a tribuna y con insulto mediante, claro. En su casa eran todos de Atlético. Todos. Papá, mamá, los abuelos, los tíos, los primos, los novios, las novias, los gatos y los perros; como el de ella, un viejito marrón "tipo policía" y con algunas canas que se llamaba Decano. Al amor de su vida lo conoció en el cumpleaños de una amiga de una amiga. Alto, flaquito, de ojos verdosos, bien facherito. Algo tímido pero con luces. Jugó al fútbol hasta que ese año dejó para estudiar. Sabía que de Federal A no iba a pasar y tenía que empezar a pensar en un futuro más prometedor así que se concentró en el profesorado de Educación Física. Hablaron toda la noche. De fútbol europeo, de su paso por el Federal, de los entrenamientos de ella, de táctica, de River, de Boca, de Messi y de Maradona. Llevaban horas compartiendo fernet, anécdotas y contrapuestos eufóricos hasta que una descolgada se acercó y le dijo a los gritos: - ¡Nunca te imaginé hablando más de un minuto con un ciruja! Su cara se desfiguró por completo. En el salón se oyó un silencio atroz y todas las miradas recayeron en ella. Él estaba descolocado. La charla futbolera había fluído de tal manera que nunca se les ocurrió preguntarse de qué equipos eran hinchas. Respiró después de ese silencio que se hizo eterno. Hizo una mueca, tomó un buen trago de fernet, estiró su mano y se presentó: - Soy Ana. Socia número 2724 de Atlético Tucumán. Juego en las Gigantes. Vivo a tres cuadras de la cancha y toda mi familia y mis amigos son del Decano. Él hizo lo mismo, con una gran sonrisa en su rostro: - Soy Tomás. Socio número 1789 de San Martín. Toda mi familia es del Ciruja y mi hermano es jugador de la Primera. En ese momento sintió desmayarse. El pibe le encantaba pero en su cabeza solo pasaban imágenes de reuniones con familiares sin rostro y con camisetas rojiblancas. Él siguió hablando, como si nada, pero ella solo lo oía de a ratos. No podía dejar de pensar en él alentando en la cancha, abrazándose con gente "desagradable". Al otro día llegó el mensaje inevitable. Alguien le había pasado su teléfono y ahí estaba él, firme, como conquistador nato invitándola a salir a correr. - Nunca jamás hablemos de tu equipo - contestó ella sin decir ni un sí ni un no. - A las 18 en el trencito del 9 de julio - contestó él sin más nada que aportar. Esa cita en el parque fue el inicio de una relación que aún perdura y que a los seis meses tuvo un punto de quiebre, ése que a ella le carcome el cerebro y del que no pasa un día sin arrepentirse. Ese por el que le pide perdón a su viejo, que fue testigo desde el cielo, a donde partió hace un par de años. Mientras ella sufría con Atlético a punto de jugar la primera final del ascenso en el Federal, San Martín tuvo un golpe de suerte y se encontró jugando las semis de la B Nacional.   Los fines de semana se veían poco. Ella no faltaba a ningún partido del Decano y cuando podía ir de visitante lo hacía. Él también iba siempre a la cancha y con su papá solía viajar para alentar a su hermano cuando jugaban en otra provincia. La primera final de Atlético Tucumán se jugaba el miércoles próximo, en Santiago del Estero. La vuelta, se jugaría en el Monumental, siete días después. San Martín ya había jugado la ida de la semi del Nacional el miércoles pasado y este sábado jugaba la vuelta en La Ciudadela. Fue entonces cuando Tomás le tocó la fibra más sensible de su ser y la hizo hacer lo que nunca imaginó. Era importante para él y para su hermano, que estaba a un paso de una final por el ascenso a Primera. De ahí que la invitación para ir a la cancha juntos no sonó tan loca.

Ana aceptó. Aún no sabe por qué, pero lo hizo. Con un nudo en el estómago y de la mano de su novio se sentó en la platea del Santo. Se sintió más visitante que nunca. Se sintió sucia, observada y traicionera. Quería salir corriendo de allí pero ya era tarde. El pito dio inicio al partido. Sus sentimientos eran difíciles de explicar. Quería con todo su ser que San Martín perdiera por goleada pero no quería ver sufrir a Tomás y a su familia. Quería que a su cuñado le fuera bien pero que le rompieran la pierna en 20 pedazos de una patada voladora. Los mejores y peores deseos pasaron por su mente sin parar durante los 90 minutos. El juego estaba 0 a 0. En la ida, el resultado también había terminado en tablas y acá no había ventaja deportiva para nadie. La historia era corta: gol gana o penales. Corría el minuto 46 del segundo tiempo cuando el árbitro señaló un tiro libre directo desde posición inmejorable para El Ciruja. Su cuñado tomó el balón, como cada vez que la pelota parada estaba a pedir de un zurdo. La acomodó a unos seis de metros del vértice derecho del área grande en paralela a la línea del lateral. La barrera era frágil. Si él le pegaba bien, se clavaba en el ángulo. Y así fue. Cuando volvió en sí, se vio a sí misma parada, abrazada a su novio con otros cuatro brazos rodeándolos, aturdida, sonriendo. Al levantar la mirada lo vio llorando. El estadio se caía, los hinchas saltaban, gritaban, se abrazaban unos con otros, se agarraban la cabeza. El partido ya se había reanudado pero parecía estar en otro plano. De a poco empezó a caer en lo que había hecho. Se sentó con la mirada perdida. El resto siguió de pie a la espera del pitazo final que llegaría un par de minutos después. Otra vez se escucharon gritos y trompetazos. Las butacas se zarandearon de un lado a otro pero ella no pudo incorporarse. Durante días soñó con ese gol y se vio a sí misma festejándolo como una traidora. Tuvo pesadillas, se sintió perseguida y hasta llegó a pensar que algún conocido la había filmado. Durante días sintió que su papá la señalaba con el dedo desde arriba. Que no podría volver a mirar a la cara a sus amigos. Que todo lo que hiciera de aquí en más estaría signado por ese abrazo. Por ese minuto de debilidad. Pasaron cuatro años de aquel día. Atlético Tucumán logró el ascenso a la B Nacional y San Martín perdió la final con Patronato. Nunca más acompañó a Tomás a la cancha y le hizo jurar que no le contaría a nadie su secreto. Ese secreto que surgió por amor y del que no podrá escapar jamás.  



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