Diario de una pasión

(Por Nabila Barta)


1999. Con 10 años ya cumplidos estaba por llegar el gran día. Mi primer partido de fútbol. Una semana antes, mi tío me preparó como si se fuese a parar el mundo. "Tomá, leé estas canciones, aprendelas y pronunciá como si vivieras en Buenos Aires, sino se van a dar cuenta de que sos nueva". Y allí estábamos, sentados en el piso, cortando papeles de diario y armando bolsas llenas para el fin de semana. Con mi hermano cantábamos y ensayábamos para estar preparados.


Sábado por la mañana, la camiseta lista, la bandera atada al cuello y el gorro piluso puesto daban indicios de una nueva aventura. Godoy Cruz, el barrio teñido de azul y blanco, los vecinos en las calles con los perros saludando a los hinchas y nosotros caminando hacia el Feliciano Gambarte con la piel de gallina y los ojos llenos de lágrimas. Llegamos y compramos una entrada de tan solo 2 pesos. Pasé una requisa policial sola y no entendía lo que estaba pasando. Fue una primera impresión fuerte. No podría decir que me gustó, pero me daba adrenalina. Finalmente entramos al estadio y fue alucinante. Los ‘viejitos’ cantando, las familias y los niños jugando a la pelota. Me di cuenta de que estaba en donde quería estar. Me sentía como en casa.


Los años fueron pasando y el sentimiento creció día a día. Ya podía decir que era hincha del más grande. Era hincha del Expreso. Los fines de semanas se pintaban de fútbol y durante el día me ponía a investigar sobre el equipo.


Un hecho que me marcó fue la llegada de un tal Javier Castro, que en su momento fue comparado con Javier Saviola. Me deslumbró. Un petiso que la pisaba como nadie y corría la cancha cual gacela. Fue tal la admiración que sentí, que decidí hacer una carpeta con recortes de diarios y realizar investigaciones sobre el jugador. Algo un poco extraño, pero el rol de una futura periodista ya se podía percibir.


Y mi amor por los colores siguió creciendo. Tal es así, que a los 14 años decidí plantearles a mis padres que quería ir al colegio Antonio Tomba, que pertenecía al club. Varios jugadores de la época concurrían allí, incluido Javier Castro y, por ejemplo, Enzo Pérez. Nunca me voy a poder olvidar el rostro de mis padres, ante ese planteo. Sí. Casi me matan. Más allá de la primera reacción, su respuesta fue positiva. Eso sí, siempre y cuando mi hermano se cambiara conmigo. Y así fue.


Todo listo. A la semana nos encontrábamos en la puerta del colegio de mis amores. Cuando estábamos cruzando el gran playón, mi hermano me pegó un codazo para que levantara la vista. Allí estaba él. Javier "Saviola" Castro se encontraba en la fila siguiente a la mía. En ese momento pensé: "No puedo pedirle más a las vida". Estaba en el corazón del club. En donde se ‘cocinaba’ el día a día del Tomba.


Ahí tuve la oportunidad de ver de cerca a grandes jugadores de la historia del club, como Olmedo, Castro y De la Vega. Me hice socia y ya estaba involucrada de una forma muy linda y particular. Tuve la oportunidad de conocer al 'Gato' Oldrá, Villalobos y al 'Rafa' Iglesias. Palabras mayores. Literalmente, era tocar el cielo con las manos. Recuerdo que, todas las mañanas, el preceptor de la escuela me retiraba de alguna clase siempre con excusas distintas y me decía bajito: "Andá que ya empezaron a entrenar". Yo salía corriendo, trepaba una reja y subía varias escaleras hasta llegar a la platea techada del Feliciano Gambarte. Ahí me quedaba un largo rato mirando los entrenamientos, saludaba con la mano a los jugadores y ellos me dedicaban los goles. El que jamas voy a olvidar fue uno de Torresi. Corrió hasta la tribuna y me señaló. Aquellos días quedaban inmortalizados en un cuaderno. Como toda niña, yo anotaba mis añoranzas amorosas. A diferencia de la mayoría de las niñas, mi diario hablaba del amor por un equipo de fútbol.


Las ganas de aprender y saber más crecían diariamente. Con mi cuaderno forrado de fotos de Castro y el 'Bati', esperaba a los jugadores a la salida de los entrenamientos y les hacía entrevistas. Las anotaba en mi cuaderno y me iba a mi casa. La primera de ellas, nunca la voy a olvidar. Entrevisté al 'Cascarudo' Olmedo y a Garipe. La mano me tembló de tal forma que después no pude entender lo que había escrito.


Como pueden apreciar, Godoy Cruz marcó todo en mi vida. Y aquel 26 de noviembre de 2004 no fue la excepción. Mi fiesta de 15 se tiñó de azul y blanco para una noche soñada, en la que mi familia me tenía preparada una sorpresa inolvidable. Los jugadores del plantel, con Javi Castro a la cabeza, me regalaron la '10' del Tomba… ¡firmada por todos! Aún recuerdo lo mucho que lloré esa noche.


Para ese entonces ya podía ir sola al Gambarte. Sola es una manera de decir. Aquel ritual perfecto lo compartía con mi mejor amiga. Juntas caminábamos las 3 cuadras que separan el estadio de mi casa y alentábamos hasta que los pulmones dijeran basta. Épocas doradas que quedan en el corazón.



Pero, como todos saben, en el 2005 llegó la hora de dejar el Feliciano Gambarte y mudarnos, por tiempo indeterminado, al Malvinas Argentinas. El escenario cambió, pero el ritual se mantuvo, aunque desde otro lugar. Domingo por medio teníamos el maravilloso reto de trasladarnos hasta el Parque. Allí, tuvimos el tan deseado ascenso a Primera división y yo, con 17 años, ya estaba comentando los partidos del Tomba para diferentes radios. Claramente no se trataba de un capricho de niña. Se trataba de una pasión increíble. Gracias al amor por un equipo de fútbol, encontré mi futuro. Momentos buenos. Momentos malos. Pero siempre me mantuve firme junto al color de mis amores. Ahora, te miro desde el campo de juego, con una escarapela azul y blanca marcada en el corazón.


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