"Cosas de hombres"

(Por Yésica Alcaino)


Tenía 10 años y, aunque mi memoria no es muy buena, algunas cosas me quedaron grabadas. Como el 25 de octubre de 1997.

Era sábado por la tarde, un sábado primaveral. Aún puedo sentir el olor a jazmín del jardín de mi abuela. Se jugaba el Superclásico y era cábala verlo ahí. 

De a poco fueron llegando todos y se fueron acomodando en sus lugares. No es por agrandarme, pero los de Boca siempre éramos, fuimos y somos más.

  Rápidamente, las mujeres de la familia desfilaron hacia la cocina para tomar mate. No les interesaba ni un poquito el partido. Para ellas, el fútbol era "cosa" de hombres. En cambio ... ahí estaba yo, sentada en primera fila. 

El televisor era una caja de zapatos con dos antenas que parecían agujas de tejer. A cada rato había que darle un golpecito para que no se fuera la señal. La cámara hacía foco en él, en Diego Armando Maradona. La cancha ardía: había sesenta mil personas, todas con el mismo uniforme rojo y blanco y no paraban de alentar. Pero a lo lejos, en un rinconcito, todos amontonados, un puñadito de azul y amarillo se hacía escuchar.


No era un partido más: estaba en juego la punta. El Millonario llegaba con veintidós tantos, uno más que el querido Xeneize.

Al Diez no le salían las cosas y River se nos venía encima como una topadora. Había olor a gol. Y así fue: Berti anotó poco antes de que terminara el primer tiempo.




Nos íbamos al vestuario perdiendo. El tío hincha de River estaba como loco, pero no podía festejar mucho. 


Segundo tiempo en marcha y Diego no estaba entre los 11. Algo no andaba bien. Podía presentirlo. Crucé los dedos y empecé a rezar. Dios ya no estaba en la cancha, pero tal vez el "otro Dios" me estaba escuchando. 



¡Y vaya que lo hizo! Apenas empezó el segundo tiempo, el Huevo Toresani mandó la pelota al fondo de la red: era el 1 a 1 y la cosa se ponía interesante. Y 20 minutos más tarde, el Loco Martín Palermo nos dio el 2 a 1.


Solo restaba esperar el pitido final. Nadie quería dar un paso en falso. Nadie quería festejar. 


El hombre de negro tocó el silbato, pidió la pelota y yo al fin pude respirar. Desde la cocina empezaron a llegar unos gritos femeninos, no sé si porque había ganado Boca o porque el partido había terminado. Me quedé sola, como esperando algo más. 


Después de unos días de ese encuentro, mi presentimiento de que algo andaba mal se transformó en certeza. Los rumores del doping positivo de Maradona crecieron con fuerza y su retiro esperaba a la vuelta de la esquina. 


Fue él mismo quien lo anunció el 29 de octubre, un día antes de cumplir 37 años.


Fue entonces cuando comprendí que esa tarde de sábado había sido la última vez que el Diez pisaría la pelota.


Hoy, con unos tantos años más, las cosas no han cambiado mucho para mí: sigo siendo una apasionada de esas "cosas de hombres" y sigo esperando cada Superclásico para ir a verlo a la casa de la abuela, aunque ella ya no esté ahí.



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