Campeón de la humildad

(Por Leandro Fabián Silvestre)


Esto comenzó hace aproximadamente seis años, con el Lobo recorriendo los largos kilómetros que proponía el torneo Argentino B, y sin rumbo a la vista.


Cuando jugar de visitante no quedaba tan lejos, aparecía él. Sin demasiados laureles en su espalda, o por lo menos que yo conociera. Un pibe flaquito, que desde la platea se veía algo chiquito como para ocupar la historia de semejante arco.


Lo cierto, es que en el comienzo fue una gran incógnita. Sin intención de desmerecer a nadie que haya defendido los tres palos blanquinegros, veníamos de una gran y lejana sequía en ese difícil puesto: el de arquero.


Debo confesar que en los inicios preferí ser sigiloso y expectante respecto de ese pequeño y delgado arquero que había arribado a la portería sagrada. Lo vi jugar por primera vez en el arco del viejo camarín. Un par de tapadas simples y no mucho más para decir de ese partido.


Decían que hizo inferiores en “Ñuls” (como se dice en el barrio), “que pasó por Arsenal”, “que venía de Coquimbo”. Pero yo dije... todo muy lindo pero quiero ver si ataja.

De a poco comenzó a demostrar. Era calculador, tiempista, rapidito de piernas y de buenos reflejos.


No tardaron en escucharse los murmullos en las tribunas: “Che, no es tan malo el arquerito nuevo que han traído”. Otros, “sí, pero ojo que con los videos de Youtube no se ganan campeonatos”. Y esto último es verdad, con videos no se ganan campeonatos, pero el tiempo iba a decir que este tipo era la excepción de los videos futboleros de Youtube.


Siguieron los partidos y el chiquitito se empezó a hacer notar con sus voladas, anticipos, voleas a ras del piso, pases de gol y más… Parecía que después de mucho tiempo, el Lobo había encontrado el candado de sus viejos tres palos.



Ya en la tribuna escuchaba “El Matías”. Sí señor, pasó de ser “el arquerito a El Mati”. Se tornó un muro para los rivales hasta que un día de final en el Sur, un equipo con nombre de sigla se encomendó a los 100 km/h del viento para poder hacerle un gol y dejarnos con las manos vacías.


Había perdido una batalla pero no la guerra. Aquel día tropezó pero no cayó. Y decidió quedarse. Después de estar en las puertas de la gloria, apostó por más.


Ya en el próximo torneo Argentino B se lució y no fue sorpresa ni revelación. Fue la confirmación de que el arco del glorioso Gimnasia tenía dueño. Sacó todo lo que le tiraron y lo que no le tiraron. Y, junto a un gran equipo, llegó sin transpirar y sin ensuciar el buzo sagrado con la 1 en la espalda a otra gran final. No conforme con esto, persistente, perseverante, constante, sacrificado, profesional, apostó todas las fichas en la ruleta futbolera al blanquinegro 33.


El dueño de los tres palos se quedó nuevamente en el club de mis amores, el Lobo, el Caracol, Baboso, Pituco, como más nos guste y arrancó el tibio torneo Argentina A.


A pesar de que contaba con algún laurel en este equipo, fiel a su filosofía, siguió trabajando perfil bajo, serio, respetuoso y silencioso. Cuando se pensaba que la suerte y la fortuna se habían terminado, llegaría lo mejor. Un calvo gol en San Juan, y un par de resultados en otras canchas (justo lo que nos hace falta el domingo, y recuerden esto por favor), nos depositaron nuevamente en la pista. De ahí en más “El Piloto” de esta nave iba a ser el “arquerito”... en la actualidad, “El Mati”.


Para mí, un referente encubierto, el alma del equipo, mano a mano, centros, despejes y lo más importante la templanza suficiente para ponerse el equipo al hombro en los momentos más delicados de la recta final.


Parecía que la nave, luego de esa clasificación tardía y milagrosa, nunca lograba despegar pero cuando estábamos en el momento en que ningún mensana, ni el más optimista, había pensado llegar a comienzos de 2014, “El Mati” se puso el traje de héroe.


En ese arco, donde lo vi debutar, atajó el penal más importante de los últimos 30 años de historia blanquinegra. Esa noche me fui junto a la familia en el auto, pensando que era suficiente lo que se había logrado y que en Córdoba era probable que se terminara esta ilusión impensada.


No obstante ello, al domingo siguiente, nos apostamos frente a la pantalla. Parecía mentira ver al Lobo en ese estadio, lleno de almas deseando dar vuelta una historia que parecía posible con el solo hecho de mirar las tribunas.



Se comenzaba a confirmar mi presagio cuando el árbitro sancionó nuevamente penal a favor de la T. Yo en mi interior pensé "hasta aquí llegamos". Pero una vez más, el pequeño gran arquero nos dio una lección. Se paró frente a la pelota y tomó la pausa necesaria y suficiente para destapar los lagrimales de todos los hinchas blanquinegros.


Para qué describir el final si ya todos lo saben, o al menos los que nos sabemos blanquinegros.


En fin, una humilde persona, de perfil bajo, laburante, profesional y comprometido con los colores merecía, a mí entender, un sencillo reconocimiento.


Para los que se apoyan en el trabajo, el esfuerzo, la constancia y dan todo por lo que creen. Un lindo ejemplo para los niños de nuestras inferiores. De mi parte, gracias, Matías.


Una mención aparte merece esa humilde familia de Corral de Bustos, provincia de Córdoba, que nos regaló a mi entender un ídolo contemporáneo, de esos sobre los que cuando tenga nietos, pueda relatar: “Sabes qué, yo vi un arquero en el Lobo del que decían que era muy bajito, que no cortaba centros y que no salía a tiempo. Pero el flaco dio todo en cada jugada y nos llevó junto a un gran equipo a las primeras planas del futbol argentino. Sí querido, yo vi ascender al Lobo gracias a un tipo que atajó todo lo que le tiraron”.



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