Amor a primera vista y para toda la vida

(Por Analía Doña Carvajal)


Recién amanece. La pava ya hirvió y le sacó el polvo a la yerba. Todavía luce esa camiseta malla blanca con la que durmió.

La radio está encendida. Esa radio vieja y gris con sonido estéreo que le hace compañía desde 1971. Tiene sus achaques pero, claro, se bancó un par de mudanzas y algunos golpes. Solo es AM. Suficiente para escuchar los noticieros matutinos y el partido los sábados.


Ella todavía duerme. Dormita. Sabe que él necesita esa horita, su horita. Sabe que esa ceremonia del mate bien caliente, en soledad y con la radio cordobesa de fondo es un lujo que no cualquiera puede darse. Él, fiel a su estilo, se lo da hace más de 40 años y es un ritual infaltable cuando juega la Acadé. La previa se vive así, desde temprano y repitiendo cada detalle.  



Se jubiló hace 10 años. Casi, porque recién en junio se cumple la decena. Era bancario y pasó parte de su vida yendo de un lado para el otro. Tuvo casa en Salta, en San Juan y en Córdoba. Y fue allí donde conoció el amor a primera vista.

Llegó con su esposa y sus tres nenas a la Docta un 3 de abril de 1959. Era viernes. La casita de dos habitaciones estaba a cuatro cuadras de la cancha. Al otro día jugaba la Academia de local. No conocía a nadie en el barrio (ni en la provincia) pero después de tres semanas de incertidumbre, con mudanza y viaje incluído, necesitaba más que nadie despejarse e ir a ver fútbol.

El sábado siguió el ritual de los días de partido casi sin pensarlo. Era tal la emoción que tenía, que parecía que iba a ver a su equipo de toda la vida. A las 7 ya estaba arriba, mate en mano y radio de fondo. En la Academia todavía jugaba el Pancho Gómez, ese mismo que un par de años atrás le había dado el ascenso contra el Puyutano en San Juan.

Se acordaba de ese épico partido. El gol de los cordobeses llegó a los 51 del segundo tiempo. De cabeza, después de un tiro libre polémico que incluyó piñadera y dos expulsados por bando. Él estaba en la cancha. No era de ninguno de los dos equipos pero un futbolero de raza no podía perdérselo.  

La doña hizo unos fideos temprano. El partido empezaba a las 4 así que a las 2 ya tenía que estar saliendo de casa.

Estaba fresco. Tomó su bremer azul y se fue. Sacó platea. Acostumbraba ir a la popular a ver a su querido Central pero como aquí era "neutral", prefirió estar a un costado, sentado como para prestarle atención al juego y, con suerte, comentarlo con algún don nadie en la tribuna.

A los 5 ya iba ganando Las Parejas y a los 25 llegó el segundo. "Qué mala pata", pensaba. "Primer partido, y llego con la mufa a cuestas". Sentía ojos en la nuca. Era el único desconocido en la platea que está detrás de los bancos. Claramente, o era un santafesino infiltrado que controlaba estoicamente su impulso por gritar un gol, o era el neutral más mufa del planeta. Lo que quedaba claro era que de la Academia no era. Porque los hinchas de la Acadé se conocían todos.

El Richo ni hablaba. El primer tiempo la visita se fue al vestuario ganando 3 a 0. A él no le dio ni para levantar la mirada en los 15 del entretiempo así que se aguantó las ganas de pedir fuego para fumar un puchito. Ésa era la estrategia que tenía planeada para entablar la primera conversación con el que se le sentara al lado.

El segundo tiempo arrancó mejor. El Flaco Estévez metió dos cambios de entrada para que el Pancho Gómez tuviera más compañía arriba. No había nada que perder así que se la jugaba desde el vamos. El equipo se paró un par de metros más adelante y en la segunda que tuvo, la metió. El Richo metió puñito y un grito de gol algo tímido. El de al lado lo miró con desconfianza pero hizo una mueca de aprobación.

El segundo llegó de contra. Después de un tiro en el palo que dejó a todo el barrio atragantado, el Palomo Gutiérrez salió disparado, como si los 60 minutos anteriores se hubiese estado preparando solo para este momento.

Por la derecha subió el Tigre Perona, casi a la par. Con el poco aire que le quedaba, Gutiérrez hizo un cambio de frente como el que nunca le habían visto antes. A Perona se le fue un poco larga cuando la quiso parar pero, así, de carambola, el defensor pasó de largo y le dejó el espacio justo para el remate de derecha, rasante y pegado al primer palo. Fue un golazo (aunque ayudó el mal estado del campo de juego para que la pelota picara como un sapo y terminara engañando al arquero).

El grito de gol fue con ganas. De pie y con ambos brazos en dirección al cielo. El don nadie de al lado le dio un golpecito en la espalda cuando se iban sentando. El Richo ya era uno de ellos. Las Parejas ganaba 3 a 2 pero había hecho un gran desgaste en el primer tiempo y los goles de la Academia lo habían golpeado.

Los jugadores del Flaco estaban motivados. De buen juego ni hablar pero entre el pasto, el cansancio y la lluviecita que empezaba a mojar, no se les podía pedir más. Convengamos que también eran bastante mediopelo. El único que había pasado por Primera era el Pancho y ya estaba de vuelta. Pero Las Parejas no tenía nada. El 5 era bueno, la dupla central llevaba muchos años jugando junta pero el resto eran todos pibes a los que no les daba para crecer mucho más.

Ya iban 40 y la lluvia caía fuerte. El bremercito azul estaba empapado. A esa altura ya no se jugaba a nada. Era chapoteo por acá y chapoteo por allá. Pero hermoso. Como esos del potrero de cuando eras chico.

Por fin atacaba la Academia después de varios minutos de ni acercarse a tres cuartos de cancha. La pelota se fue al lateral. Después de "secarla" con la camiseta, el Enano Zapata la metió hasta el borde del área grande. Perona, que había quedado agrandado después del segundo (aunque intentó todas y no le salió ninguna más), la bajó de pecho y sintió el tirón de atrás. Se tiró como si lo hubiesen atacado a cadenazos por la espalda y el referí cobró penal.

Volvieron a saltar del cemento y no quedó ni uno sentado. Una porque los nervios los carcomían, otra porque no había otra manera de ver el penal, que había quedado en el arco más lejano y, tercero, porque si volvían a sentarse se les iba a mojar hasta el apellido.

Esta vez se miraron con el don nadie dos segundos antes del tiro. Es ahora o nunca pensaron sin decirlo. El Pancho Gómez tomó el balón, lo secó como pudo y lo acomodó en el punto del penal. El arquero tenía una toalla en la red más mojada que sus guantes y el jopo se le pegaba en la frente.

Lo que vino después fue taquicardia, sensación de ahogo y mariposas en el estómago. El Richo no se olvida más de ese gol.

El abrazo con el don nadie fue el inicio de una amistad que aún perdura. Aquel derechazo del Pancho que se metió fuerte por el centro del arco hizo que el Richo descubriera que el amor a primera vista existe y que te puede sorprender en el momento menos pensado.

Pasaron 46 años de ese sábado 4 de abril. La Academia hizo de Córdoba su hogar y no se movieron de allí nunca más.

El Richo y la Pepa tuvieron una cuarta hija; cordobesa ella. La llamaron Celeste y su padrino es don Cayetano, que desde aquel recordado gol de penal del Pancho Gómez, pasó a ser de la familia.

Pasadas las 2, después del mate, la radio y los fideos, se encontrarán en la cancha y se sentarán en la platea de cemento. Como aquel viejo sábado, como cada día en que juega la Acadé de local.  #fanatismo #fútbol #amigos

1 comentario

Seguinos

  • Instagram - Negro Círculo