Aldana

(Por Laura López)


Esa noche de abril hacía más frío que cualquier otra noche de abril. El movimiento de gente en el aeropuerto de Ezeiza era normal; la gente iba y venía de un lado para el otro, preguntando en los mostradores, hablando fuerte por celular, sin mirar. Pero Aldana no se percataba de todo lo que sucedía a su alrededor.



Grandes auriculares y la música "al palo"; quizás para no pensar, tal vez para no entrar en pánico. Nadie había podido o incluso querido acompañarla en aquella locura.


Su padre no le hablaba desde hacía un mes y su madre lloraba y lloraba, sin poder emitir ningún comentario juicioso. En definitiva, aquella inesperada actitud de sus familiares más cercanos la incentivaban aún más a emprender tan osada aventura.


Sus dos hermanos, ambos varones, eran los únicos que parecían apoyarla, pero tenían sus vidas y no habían conseguido organizarse para viajar hasta Buenos Aires a despedirla.


Aldana iba a cumplir el famoso "sueño del pibe". El Espanyol de Barcelona le había ofrecido un contrato para jugar allí por las siguientes dos temporadas. Los sueldos aún estaban lejos de lo imaginado, pero poder vivir del fútbol era algo que en Mendoza parecía lejano.


Allí había dado sus primeros pasos: a los 7 años comenzó a sentir curiosidad por los deportes de pelota y sus padres intentaron con el voley y el handball antes de entender que lo suyo era, indefectiblemente, el fútbol.


Por insistencia, en el club del barrio dejaron que iniciara los entrenamientos junto a los varones de su edad, que al principio la vieron con los ojos de sus padres, escandalizados, pero que luego la hicieron sentir una más. Y una importante.



Más tarde, Huracán Las Heras (uno de los primeros clubes en incorporar el fútbol femenino) le abrió las puertas y su nombre comenzó a llegar a distintos oídos, en diferentes ligas, departamentos e incluso provincias.


Aldana tenía la 5 tatuada en la espalda; su habilidad para recuperar la pelota con elegancia, su clara visión de juego y entrega desmedida la convertían en la dueña del mediocampo. Los que la vieron evolucionar, futbolísticamente hablando, llegaron a compararla incluso con Redondo.


No resultó extraño que a los 12 sus padres comenzaran a recibir llamados con ofertas. A ellos, considerados como parte de la "elite" mendocina, la situación los llenaba de inevitable orgullo por dentro, pero también les causaba cierta vergüenza que vincularan a su hija (la única mujer) con algo tan vulgar como el fútbol. Tenían otros planes para Aldana no relacionados con una cancha, ni con botines o camisetas.


Su rebeldía le valió varios castigos y a medida que fue creciendo se volvió más y más difícil enfrentar la postura de sus padres. Pero no iba a bajar los brazos, estaba dispuesta a cumplir su sueño.


Incluso intentó realizar un "pacto" con su padre, que incluía una corta carrera profesional como futbolista a cambio de un título universitario decente. No hubo caso.


No es que le prohibieran la práctica ni la competencia, sino que lo veían como un hobbie con fecha de vencimiento.


Con 15 años, era la jugadora del interior más buscada por los clubes porteños. Ya en Gimnasia y Esgrima, con algunos títulos y reconocimientos personales debajo del brazo, recibió el llamado de la Selección para el Sub 17.


Aquella experiencia fue hermosa: un torneo interno con las mejores del país, en el que terminó destacándose como la jugadora más valiosa. Dos grandes de Buenos Aires se disputaban su pase en ese momento, pero hasta los 18 no había chances.


Ese día finalmente llegó; fue en febrero que sopló su primera velita como adulta responsable de sus propias decisiones y pidió, como siempre, su único deseo.


El interprovincial se jugaba la semana siguiente, pero sus "sponsors" (papá y mamá) habían quitado todo tipo de apoyo económico.


Aldana tenía bien guardado un dinero que le había dado su abuela justamente para cuando llegara ese momento. La Chiqui, criada en una época totalmente distinta, no decía nada, sólo apoyaba con miradas y gestos. Ya no estaba y, sin embargo, seguía allí apoyando ese sueño.


Fue en Paraná, Entre Ríos, donde Aldana volvió a destacar en un equipo absolutamente comandado por ella. La delicadeza de sus centros siempre precisos, a la cabeza; sus amagues exquisitos que dejaban rivales desparramadas por doquier; la ferocidad para tirarse al suelo a luchar cada pelota como si fuera la última, la convertían en una mediocampista digna de admirar.



Y fue después de aquel torneo cuando recibió la noticia que tanto ansiaba escuchar y que no imaginó ni en el mejor de sus sueños: la propuesta venía del fútbol español, con un contrato profesional por firmar.

Todas estas imágenes pasaron por su cabeza mientras escuchaba algo de rock nacional, del viejo, del que pega, parada en la terminal internacional de Ezeiza.


Aldana miró su pasaje en el celular, buscó el número de vuelo en la pantalla - una vez más - y se acomodó en la fila.


Nadie fue a despedirla; nadie la reconoció, ni le pidió una foto o un autógrafo. Pero eso no le impidió subirse a aquel avión, al que había imaginado subir tantas veces para, por fin, cumplir su sueño.

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