Ruth

(Por Analía Doña Carvajal)


Suena el despertador. Todavía está oscuro y hace mucho frío. Los niños más grandes duermen. Emma también. Los cuatro comparten un cuarto en la pensión de Doña Chola, en zona Sur.


Ruth se levanta casi sin hacer ruido y se alista para ir a trabajar. Es sola, sus padres quedaron en Mendoza, su hermana vive en Córdoba y ella llegó a Buenos Aires a pelearla hace un par de años, cuando su pareja consiguió un buen laburito que podía sacarlos adelante.


Esa pareja ya no existe. El amor se esfumó. Y él también. Sus hijos preguntan por su padre pero ella hace medio año que no sabe nada de él... ni un WhatsApp, ni una llamada perdida, ni un mensaje de texto equivocado... ni un centavo, claro.


A veces miente por él. Lo hace por sus niños, que ya todo entienden y que por las noches tienen pesadillas. "Pesadillas de dolor", dice ella cuando se desahoga por teléfono con su madre.


Doña Chola es su ángel de la guarda. La conoció buscando un lugar para vivir junto a sus tres hijos: uno de 8, uno de 6 y la chiquitita de 7 meses. Ruth estaba recién parida, adolorida, sin trabajo y sin marido. Con la asignación apenas les alcanzaba para comer. Hacía bastante que no pagaba el alquiler de la casita en la que vivían y el dueño ya les había mandado hasta la Policía para echarlos.


Cuando Emma tenía un mes, el papá los abandonó sin decir ni mu. Así, de un día para el otro, sin abrazos de despedida, gritos de reproches ni llantos de perdón. Simplemente, desapareció.


En la pensión de Chola, Ruth encontró un hogar, una madre postiza con quien charlar, una abuela para sus hijos y las puertas abiertas a una vida que ni siquiera se había planteado vivir.


La Chola le cuida los niños mientras ella se pela el lomo limpiando para poder llevar algo de pan a la casa y platita para pagar la pieza.


La leche se le cortó en pleno puerperio. Los malos ratos, la mala alimentación, el dolor y la incertidumbre conspiraron en contra del amamantamiento. En el hospital, la doctora Isabel le dio varios tarros de leche para que a Emma no le falte nada; y los varoncitos almuerzan todos los días en el comedor de la vuelta de la pensión. La directora de la escuela ya la llamó varias veces. Está preocupada porque los chicos dejaron de ir. Ella le prometió que apenas terminen las vacaciones vuelven a clases.


Tiene solo 25 años pero mucho más camino recorrido que la mayoría de las mujeres de su edad. Desde que quedó embarazada de Bruno, con solo 16 años, su vida cambió para siempre. El papá de los nenes es reincidente en eso de desaparecer. Ya lo había hecho en aquel momento, una semana después de enterarse de que iba a ser papá.


Reapareció cuando el bebé ya tenía 9 meses. Ruth lo perdonó y, poco después, volvió a quedar embarazada. Él siguió tomándose el palo de vez en cuando. A los días o a las semanas volvía sin dar explicaciones ni recibir cuestionamientos.


Siempre se sintió muy sola. Era apenas una niña cuando la vida se le vino encima y en su pareja creía encontrar una especie de refugio. Se sentía sucia, fea, bruta. Llegó a pensar que su destino estaba escrito. Que ella "se lo había buscado" y que realmente debía ser muy difícil para él "bancarse" esta vida de trabajo con dos niños pequeños, demandantes y llorones. Y sí... era entendible que de vez en cuando él sintiera esa necesidad de escapar de la realidad para relajarse por ahí y así volver con más energía para llevar la casa adelante.

Sí, eso le hicieron creer. Ruth nunca pudo ver más allá... hasta hoy.


2


Ya tendió las camas, limpió los baños, los restos del desayuno y dejó la cocina impecable. La dueña de casa, antes de irse a la oficina, dejó un cartelito pegado en la heladera: "Lasagna de espinaca. 13.30. Somos 4. La plata está en el primer cajón".


Apenas llegó a la pensión consiguió este trabajo. La vecina de Chola, Elsita, también es empleada doméstica y por el grupo de WhatsApp que comparte con las otras chicas que trabajan en el barrio se enteró que Amanda se jubilaba. No dudó ni un segundo en recomendar a Ruth para su reemplazo. La mendocina estaba realmente desesperada por trabajar y se veía muy guapa y honesta.


A la semana ya estaba en funciones aprendiendo de la vieja Amanda, quien le enseñó todos los secretos de la casa antes de brindarse de lleno a los placeres de la ansiada jubilación, que le permitiría cuidar de los nietos que le habían dado sus cuatro hijos varones.

En breve será la hora de preparar el almuerzo. En la verdulería de la vuelta aprovechará para comprar también unas mandarinas para los chicos. Les encanta que cada día mamá les lleve una sorpresa.


—Ey, Ruth, te estaba esperando.
—Cómo le va Nano—, dijo Ruth algo sorprendida por el entusiasmo del hijo de la verdulera cuando todavía faltaban un par de clientes para que llegara su turno.
—Escuchame, me dijo Elsita que sos de Boca.
—Je, sí. Del cero descensos. ¿Por qué?
—Eh, pará, pará, es en son de paz.

Ruth nunca se lo había preguntado pero los pedazos de pared de la verdulería libres de cajones escalonados estaban tapizados con pósters de Ponzio, Barovero, el Muñeco Gallardo, formaciones fotografiadas en doble página central de diarios deportivos de hace años y escudos colgantes de River. Así que no había mucho margen como para imaginar de qué equipo sería Nano...


—Ja, ja. Así que la Elsita te anda hablando de mí.
—No, no. Pero le pregunté si conocía a alguna futbolera y me tiró el dato. Tengo una propuesta para hacerte y no me podés decir que no por nada del mundo.

Los ojos de Ruth se abrieron como dos huevos fritos, las mejillas se le enrojecieron inmediatamente y en dos segundos hizo más muecas que durante toda la corrida del Pity Martínez en Madrid.


Con esa cara y sin decir ni una palabra esperó atenta la oferta de Nano.


—Se nos bajó una jugadora. Te necesitamos en el equipo.


Ruth no entendía nada. No sabía ni de qué equipo hablaba ni de qué jugadora. Ni qué tenía que ver todo esto con ella.


La vida de Ruth pasaba exclusivamente por el trabajo y sus hijos. En los últimos meses había empezado a salir de la pesadilla en la que había estado sumergida por años y lo último que se le podía llegar a ocurrir en estos momentos era jugar a la pelota. Sí, era futbolera, hincha de Boca, escuchaba algún partido de vez en cuando, había sufrido los duelos ante River por la Copa, pero de ahí a patear un fútbol... jamás.


Teresa, la verdulera, ya estaba atendiendo al señor que estaba antes que ella en la fila.


—No sé qué decirte. ¿Qué querés que juegue al fútbol, me decís? No te entiendo. No sé jugar— los nervios la habían transformado, la propuesta realmente la había descolocado y ahora hasta temía olvidarse de comprar las espinacas y las cebollas que necesitaba para la lasagna.
—Qué no vas a saber. Pasame tu teléfono así te llamo. Pero atendeme cuando te llame, eh. No te hagás rogar.

3


—Tiene mucha tos, lo voy a llevar.
—La salita creo que está abierta hasta las 19. No te quise avisar para no preocuparte.

Apenas llegó del trabajo, Ruth se encontró con Mateo tomando un té con miel. Doña Chola se lo había preparado para ver si le aflojaba el dolor de garganta pero no había caso.


Con un beso en la frente Ruth se dio cuenta de que tenía algo de temperatura así que buscó la Libreta de Salud en la piecita y cargó con los tres niños bien abrigados hasta la salita.

La Chola insistió para que le dejara aunque sea a la chiquitita pero ya había estado todo el día sin ellos, así que prefirió que la acompañaran.


—La abuela Chola me puso a hacer dictados—le contó Bruno.
—Está muy bien. La seño te está esperando así que con todo lo que aprendiste en estos días la vas a sorprender.

Después de una horita y media de espera, el doctor Raúl revisó a Mateo y le dio un ibuprofeno para la fiebre y un amoxidal para la garganta. En dos días tendrían que volver y mientras tanto hacer lo que más pudiera de reposo y no compartir vaso con el hermano.